jueves, 2 de abril de 2020

América Latina ante el shock de la pandemia

En el transcurso del mes de marzo de 2020 todos los países de América Latina empezaron a registrar casos de Covid-19. Esto es, dos meses después de la notificación de China y un mes después del registro de los primeros casos en países europeos. 

Una referencia de la velocidad en la que se ha propagado la pandemia, se puede tener al comparar la variación en algunos países de acuerdo con la base de datos de la Universidad Johns Hopkins. Por ejemplo, los dos primeros casos de Covid-19 fueron diagnosticados en Italia el 31 de enero. El 29 de febrero ya eran 1.128 casos. Al 30 de marzo el número de casos había aumentado a 101.739. En este momento Italia es el país con mayor número de fallecidos (11.591). En España, el primer caso fue diagnosticado el 1 de febrero. El 29 de febrero el número de casos había aumentado a 45. Para el 30 de marzo el total de casos reportados fue 87.956. En cuatro semanas el número de casos aumentó 100 veces en Italia y 2.000 veces en España. 

Las diferentes velocidades de propagación están relacionadas con las capacidades de los sistemas de salud para detectar y aislar casos, así como identificar contactos y poner en práctica las rutinas de cuarentena y seguimiento. En la medida que estas intervenciones sean más efectivas, la progresión de la epidemia puede reducirse. Es por ello necesario conocer las diferentes expresiones de la propagación, específicamente en los países de América Latina. El objetivo es precisar la capacidad de respuesta de los sistemas de salud ante la pandemia. Para este propósito es útil examinar la tendencia de la pandemia en cada país y comparar con la experimentada en países de referencia, por ejemplo, aquellos que hayan reportado casos con anterioridad. 

El primer país que reportó casos de Covid-19 en América Latina fue Brasil (27 de febrero). Para la fecha, en la mayoría de los países de la región (17 de 20) han transcurrido más de 15 días desde que comenzaron a registrar casos. En todos estos países, con la excepción de Paraguay, el número de casos es superior al que tenían países de referencia (Italia, España, Corea del Sur, Japón, Singapur) en el día comparable de duración de la epidemia. Por ejemplo, los 4.579 casos reportados por Brasil en el día 34 de la epidemia (30 de marzo), son superiores a los 3.089 casos que tenía Italia el 4 de marzo (también día 34 de la epidemia en ese país). Los otros países de referencia tenían muchos menos casos que Italia en ese día. 

Una situación similar se observa con Ecuador. Para el 30 de marzo, día 30 de la epidemia en ese país, el número de casos era 1.962, superior a los 1.128 que tenía Italia en el día 30 de la epidemia. Solo Paraguay, con 64 casos en el día 23 de la epidemia, tenía menos casos que Singapur (67 casos), que era el país con más casos en el grupo de referencia en ese momento. En consecuencia, en números absolutos, 14 países de la región tienen más casos que lo experimentado por los países de comparación en duraciones similares de las epidemias nacionales. 

Es evidente que la magnitud de la epidemia debe tener como referencia la población total de cada país. No es lo mismo 1.000 casos de Covid-19 en un país de 10 millones de habitantes que en uno de 100 millones. Cuando incorporamos este ajuste, por ejemplo, en Argentina encontramos que la tasa de incidencia acumulada de Covid-19 (número de casos por 100.000 habitantes), al 30 de marzo es casi el doble que la que tenía Italia en un período similar. En Chile la tasa de incidencia acumulada es 12 veces superior, en Ecuador 11 veces, y en República Dominicana 8 veces. 

De acuerdo con lo anterior, los sistemas de salud de América Latina no contuvieron el aumento de casos en las primeras semanas de epidemia, como si se pudo hacer en los sistemas de salud de referencia, aunque en este grupo Italia y España experimentaron aumentos de casos muy superiores a los de Japón, Corea del Sur y Singapur. El hecho de que la tasa de incidencia acumulada sea superior a la experimentada por los países de referencia, indica que, de mantenerse esa tendencia, también será mayor la población afectada. La implementación de las medidas de cuarentena tiene por objetivo evitar que siga aumentando el número de casos. Sin embargo, tal como ha sido la experiencia de Italia y España, los resultados no se manifiestan de manera inmediata. 

En las próximas semanas, dados estos condicionantes, los sistemas de salud de la región experimentarán una mayor presión por atender pacientes, sean complicados o no complicados, pero también deberían fortalecer los equipos de seguimiento epidemiológico. Esta medida es clave para que la reducción de casos se realice en el menor tiempo posible. Manejar este inmenso shock que representa la pandemia es probablemente el reto más significativo al cual se han enfrentado los sistemas de salud de la región en el último siglo.

Politemas, Tal Cual, 1 de abril de 2020

jueves, 26 de marzo de 2020

Lecciones de Corea del Sur para controlar el Covid-19 en América Latina

En este momento, de los diez países con más casos de coronavirus (Covid-19), Corea del Sur tiene la tercera tasa de letalidad más baja del grupo, solo mayor que las de Alemania y Estados Unidos. Esto significa que, por cada 100 casos de la enfermedad, se registran 1,3 defunciones en Corea del Sur. Esta tasa es siete veces menor que la de Italia y cinco veces menor que la de España. También debe señalarse que países con mayor poder de compra per cápita que Corea del Sur, como el Reino Unido, Francia y Suiza tienen mayores tasas de letalidad por Covid-19. De tal forma que la diferencia en desempeño debe estar basada en la manera de hacer las cosas, más que estrictamente en los recursos disponibles. 

Para tener una idea del impacto de las medidas de control tomadas por Corea del Sur en el primer mes de epidemia, se puede comparar con lo experimentado por Brasil en un período similar. El primer caso de Covid-19 en Corea del Sur fue diagnosticado el 20 de enero de 2020. Para el 19 de febrero se habían reportado 31 casos. En Brasil se reportó el primer caso el 26 de febrero. Si la evolución de casos hubiera seguido la tendencia de Corea del Sur, entonces Brasil tendría para la fecha 120 casos (haciendo el ajuste por la diferencia en población). Sin embargo, al día de hoy el número de casos de Brasil es 1980, es decir, 17 veces más que Corea del Sur. Es evidente que, en esta tendencia, no muy diferente a la experimentada en otros países de América Latina, la progresión de casos será dramática. 

Es fundamental, en consecuencia, a partir de la experiencia de Corea del Sur, extraer con la mayor urgencia los aprendizajes que pueden aplicarse en América Latina. Al menos cinco lecciones son de gran relevancia. 

La primera corresponde a la preparación antes de la aparición de la pandemia. Corea del Sur fue afectada por las epidemias de SARS (2002-2003) y MERS (2012). Como resultado, el país actualizó la legislación para incorporar innovaciones en el tratamiento de las cuarentenas y aislamientos, y modernizar los procesos de toma de decisión en el manejo de epidemias. También se establecieron mecanismos para la movilización de recursos para el sistema de salud en emergencias, y se otorgó prioridad a la formación de recursos humanos en epidemiología y enfermedades infecciosas. De la misma forma, se mejoró la vinculación entre el gobierno nacional y los gobiernos locales y el sector privado. En consecuencia, la notificación por parte de China a finales de 2019 de la epidemia de Covid-19, fue asumida por Corea del Sur en mejores condiciones institucionales que en las anteriores epidemias por otros coronavirus. En líneas generales, los sistemas de salud de América Latina no están en condiciones comparables para enfrentar estas situaciones. No tanto por los recursos que ello supone, sino por la previsión de estos aspectos en el mediano plazo. 

La rápida respuesta de Corea del Sur en los primeros días de este año, cuando todavía no se habían registrado casos en su territorio, es la segunda lección a tomar en cuenta. El gobierno consideró a la ciudad de Wuhan como área de propagación de casos de Covid-19. Se inició la realización de controles de temperatura y síntomas respiratorios a las personas procedentes de esa ciudad. También se definieron los protocolos a ser seguidos luego de la detección de casos y se constituyó un comité para liderar la emergencia dependiente del Centro de Prevención y Control de Enfermedades de Corea del Sur. Pocos días después se amplió esta previsión a todas las personas provenientes de China. Otra medida clave fue el contacto del gobierno nacional con las empresas que pudieran elaborar las pruebas para diagnóstico de Covid-19. Como resultado, el país generó la capacidad para producir 100.000 pruebas diarias, al punto que en este momento se pueden exportar a 17 países. En otras palabras, la búsqueda de casos fue asociada con la consiguiente toma de decisiones. 

En América Latina, los casos de Covid-19 comenzaron a ser diagnosticados a finales de febrero de este año. En el escenario más positivo, esto significaría que estaban en ejecución los respectivos protocolos para la detección de casos. Sin embargo, los acontecimientos de las últimas semanas, especialmente el aumento exponencial de los casos, y las noticias sobre la limitada disponibilidad de pruebas, indica que las previsiones no fueron tomadas para realizar el rápido despistaje de casos. También sabemos que, en la primera semana de marzo, cuando solamente se habían reportado 15 casos en toda la región, nueve ministerios (sobre un total de 20) no habían colocado en las respectivas páginas web los protocolos para el tratamiento clínico de los casos. Una semana más tarde ningún ministerio de la región tenía colocado en las páginas web el plan adecuado para enfrentar la pandemia. 

De manera que, en la gran mayoría de los países de la región, se empieza a registrar este aumento extraordinario de casos sin haber cumplido las fases anteriores. El hecho de que el diagnóstico de casos haya ocurrido casi dos meses después de la notificación de la epidemia por parte de China, significa que se contó con tiempo prudencial para haber diseñado los protocolos y planes. Esa era la “ventana de oportunidad” a la cual se refería insistentemente la Organización Mundial de la Salud (OMS). Lamentablemente, tal pareciera que esa ventana no fue aprovechada adecuadamente. 

Estos rezagos pueden explicar las condiciones en las cuales los sistemas de salud de la región empiezan a enfrentar la aparición de casos. En Corea del Sur la preparación detallada facilitó que el sistema de salud identificara los primeros casos y dispusiera las medidas de aislamiento y cuarentena de contactos, complementado con la realización masiva de pruebas diagnósticas. Los brotes que se presentaron en algunas ciudades fueron controlados rápidamente con la aplicación de restricciones del transporte público, cancelación de eventos sociales, retraso en el comienzo de las actividades escolares. Los resultados de las pruebas diagnósticas permitieron separar a los pacientes con sintomatología moderada en servicios de salud para esa condición, con lo cual se pudo reservar los servicios de mayor complejidad para los pacientes complicados. El efecto combinado de estas medidas puede explicar la baja tasa de letalidad ya señalada. 

En el caso de América Latina, la tasa de crecimiento de los casos indica que la posibilidad de seguimiento de contactos está superada en las primeras de cambio. De allí que sea urgente dar prioridad a estas actividades. Esto significaría tomar medidas urgentes para incorporar personal de salud que pueda identificar contactos y obtener las muestras para la confirmación de diagnósticos. Es bastante evidente que la calidad de este proceso es lo que determinará el tiempo de control de la pandemia, incluso con la realización de cuarentenas como ya existe en varios países. 

Una cuarta lección de Corea del Sur ha sido el desarrollo de alternativas tecnológicas (aplicaciones, mecanismos prácticos para la realización de las pruebas diagnósticas, entre otras) que ha permitido vincular la información de cada persona al seguimiento de la pandemia. En este aspecto los gobiernos de la región pueden implementar programas de cooperación con empresas y universidades. En la medida que se pueda identificar caso a caso, contacto a contacto, y que el manejo de esa información esté vinculado a la toma de decisiones, aumenta las posibilidades de mejorar el control. 

Facilitar información a la población de manera continua y rápida, es la quinta lección de Corea del Sur. Esto supone que los gobiernos, organizaciones sociales, empresas, servicios de salud públicos y privados, universidades, promuevan la generación y utilización de información que permita controlar la pandemia. Algunos países de la región tienen excelentes antecedentes en estas iniciativas, su aplicación al ámbito específico de la pandemia por Covid-19 es quizás una de las tareas más apremiantes en la región. 

En la actualidad, dada la evolución de la pandemia en cada uno de los países de la región, las perspectivas son preocupantes. La experiencia exitosa de Corea del Sur es referencia de utilidad para que cada país tenga a la brevedad una estrategia definida, práctica, con la respectiva asignación de recursos, que evite la mayor cantidad de casos, muertes y sufrimiento en América Latina.

Politemas, Tal Cual, 25 de marzo de 2020

viernes, 20 de marzo de 2020

Lecciones de Singapur para controlar el coronavirus (Covid-19) en América Latina

Hasta la fecha, en Singapur se han reportado 266 casos de coronavirus (Covid-19), sin ningún fallecimiento. Siendo que el primer caso fue diagnosticado en ese país casi dos meses atrás, es altamente significativo que el control implementado haya permitido reducir los casos y evitar muertes. Especialmente si se compara con países de América Latina, tales como Brasil y Chile, en los cuales el registro de casos ha alcanzado más de 200 en menos de dos semanas. 

La comparación con países muy diferentes, en términos sociales y económicos, como es el caso de Singapur, es muchas veces subestimada. Se aduce que las condiciones son muy diversas, que la disponibilidad de recursos no es similar, entre otras consideraciones. En el caso de Singapur también se agrega que sus particulares rasgos geográficos y de densidad poblacional, impiden establecer puntos de coincidencia con países de América Latina. 

A pesar de estas reales diferencias, existen elementos que permiten extraer lecciones que pueden ser aplicadas en nuestros contextos. En primer lugar, Singapur ha alcanzado notables logros económicos y sociales a través del tiempo. Por ejemplo, solo para tomar la cobertura de protección financiera en salud, puede observarse que el gasto que deben sufragar las personas con sus recursos propios (llamado también “gasto de bolsillo”) se ha reducido de 48% en el año 2000 a 32% en 2017 (último año de información por parte de la OMS), una de las cifras más bajas en Asia. Esto es, la introducción de cambios de políticas es una práctica continua en Singapur. Por otra parte, la población del país alcanza es cercana a los 6 millones de habitantes, similar a la de algunos países de nuestra región. Es decir, que las diferencias señaladas pueden estar relacionadas con características de la toma de decisiones, más que con factores pre-determinados. 

Singapur está muy vinculado con China (330.000 personas llegan de este país cada mes), lo cual tiene notables implicaciones, incluyendo en los aspectos sanitarios. La epidemia de SARS de 2003, originada en China, ocasionó 33 muertes en Singapur. Desde ese momento, el sistema de salud tomó decisiones para impedir que se repitiera una situación similar. Una de ellas fue la creación de Centro de Enfermedades Infecciosas y el Laboratorio Nacional de Salud Pública. También se aumentó el número de camas de aislamiento en el sistema público, así como la dotación de los equipos de protección y tecnologías requeridas para enfrentar epidemias. De igual forma se diseñaron los mecanismos de coordinación inter-institucional para actuar en situaciones de emergencia. El país también asumió la tarea de fortalecer sus capacidades en el manejo de enfermedades infecciosas. 

El reporte del Covid-19 el 31 de diciembre de 2019 por parte de China, encontró a Singapur en condiciones adecuadas para implementar las acciones requeridas. El 2 de enero el Ministerio de Salud notificó a todos los médicos que estuvieran alertas sobre casos de neumonía en pacientes que procedieran de Wuhan. Al día siguiente, se inició la medición de temperatura a los viajeros procedentes de China. También se constituyó el Equipo Interministerial a cargo de coordinar las acciones contra la epidemia en todos los ámbitos. 

Como producto de esta fase de preparación, el 23 de enero se detectó el primer caso de Covid-19 en Singapur. A partir de ese momento se realizó la identificación rigurosa y cuarentena de los contactos de casos confirmados. También se impusieron restricciones de entrada al país a las personas que hubieran viajado a China en los 14 días previos. Aproximadamente 700 viajeros de Hubei fueron colocados en cuarentena, y autorizados permisos de trabajo por 14 días a los nacionales de Singapur que regresaran de China. A todos los casos sospechosos se les realizó el test para descartar el diagnóstico. 

Como producto de estas medidas, y el seguimiento estricto de los casos, se logró reducir la cantidad de personas contagiadas y evitar los fallecimientos. De manera que el éxito de Singapur en el control de la pandemia por Covid-19 es producto de acciones deliberadas, incorporadas en un plan de trabajo sistemático a través de más de quince años. Las dimensiones de estas inversiones son perfectamente compatibles con la disponibilidad de recursos en los países de América Latina. Que no se hayan realizado no es un efecto fatalista, es más bien la consecuencia de no haber tomado las medidas adecuadas cuando era pertinente. 

El hecho de que dos meses después de anunciada la epidemia por las autoridades chinas, todavía existan países de la región que no cuenten con los planes y recursos requeridos, está vinculado más a la ausencia de previsión y prioridades que a brechas insalvables con respecto a las buenas prácticas en el ámbito global. La experiencia de Singapur en el control del Covid-19 ilustra que las políticas exitosas son más bien expresiones de rutinas (planificar, asignar recursos, monitorear) que de acciones surgidas de la emergencia y la improvisación. Ojalá se esté a tiempo para tomar en cuenta las lecciones de Singapur, y así evitar casos y muertes por Covid-19 en los ciudadanos de América Latina.

Politemas, Tal Cual, 18 de marzo de 2020

lunes, 16 de marzo de 2020

¿Tienen los gobiernos de América Latina planes contra el coronavirus?

En el transcurso de la última semana, seis países de América Latina han comenzado a reportar casos de coronavirus (Argentina, Chile, Colombia, Costa Rica, Perú, Paraguay). Esto significa que ya son diez países de la región con casos reportados. La tendencia que se manifiesta en países europeos, especialmente Italia, España, Alemania, Francia, indica que el número de casos se incrementará significativamente en las próximas semanas. En aquellos países en los cuales no se han reportado casos es muy probable que se comiencen a diagnosticar pronto. 

Las probabilidades de que la transmisión se extienda a toda la región son bastante altas. En consecuencia, la pregunta es más bien si las autoridades responsables de la salud pública, están en las mejores condiciones para enfrentar la transmisión del coronavirus. Desde la aparición de los primeros casos en China, a finales del año pasado, y especialmente desde que la Organización Mundial de la Salud (OMS) declaró la emergencia internacional, se ha insistido en la importancia de que las autoridades de salud preparen los planes de contingencia contra el coronavirus. Según documentos elaborados por OMS, estos planes deben elaborarse antes de se presenten los primeros casos de infección por coronavirus. 

Planes de contingencia de esta naturaleza, para enfrentar una infección inédita deben tener dos características básicas. La primera es que deben adaptarse a las condiciones concretas de la prestación de los servicios de salud, es decir, contener el inventario detallado de los recursos con los que se cuenta, y estimar el probable impacto de la transmisión del coronavirus, asumiendo varios escenarios dependiendo de la evolución ya conocida en otros países. La segunda característica es detallar los requerimientos, en términos de recursos humanos, insumos, camas para distintos tipos de hospitalización, entre otros aspectos. Sin esas características, los planes pueden terminar siendo una lista detallada de procesos sin mayor contenido para enfrentar de manera flexible y adecuada la epidemia por coronavirus. También estos planes deben ser del dominio público, para facilitar la información de todas las instancias gubernamentales y no gubernamentales que interactúan en el control de la epidemia. Y, finalmente, la elaboración de estos planes es el requisito para solicitar a los órganos legislativos los recursos adicionales, o realizar los cambios requeridos en el presupuesto público. 

Idealmente, para la fecha, todos los países de la región deberían tener elaborados estos planes de contingencia. Y también deberían estar colocados en los respectivos sitios web de los ministerios de salud de la región. El tiempo transcurrido desde la aparición de la epidemia en China ha sido lo suficientemente largo para realizar estos planes. Es la “ventana de oportunidad” que ha mencionado reiteradamente el Dr. Tedros Ghebreyesus, Director de la OMS. 

A tal afecto, se examinaron los sitios web de 16 ministerios de salud de la región (en cuatro países los sitios web no estaban disponibles). Solo en cinco países se constató la existencia de un documento con el título de plan para enfrentar al coronavirus o similar (Argentina, Chile, Guatemala, Panamá y Paraguay). Sin embargo, en ninguno de esos documentos se menciona la situación actual y el impacto previsible que podría generar la epidemia de coronavirus en la demanda de servicios de salud. Tampoco existe la estimación de los recursos presupuestarios adicionales. Solamente en Guatemala se menciona el inventario de recursos humanos y de servicios, pero sin estimar las variaciones previsibles. 

La conclusión es bastante directa. Los países enfrentarán la epidemia de manera reactiva, sin los mecanismos de flexibilidad y seguimiento requeridos en la ejecución de un buen plan, y sin los recursos adicionales bien estimados. Ojalá sea que esos documentos verdaderamente existen, pero que no están colocados en los sitios web de los ministerios. A pesar de lo inédito de la epidemia, los conocimientos para enfrentarla están disponibles en todo el mundo, la experiencia de otros países demuestra que es posible. Pero para que se tenga éxito, y se puedan evitar la mayor cantidad de casos y muertes, hace falta un buen plan. Como en tantos problemas públicos, termina siendo el gran ausente. En este caso, puede ser una ausencia de consecuencias muy lamentables para los ciudadanos de América Latina.

Politemas, Tal Cual, 11 de marzo de 2020

¿Cómo se prepara América Latina contra el coronavirus?

Al momento de escribir (3 de marzo de 2020), se han reportado casos de Covid-19 (coronavirus 2019) en 76 países, según la información del sitio web del Centro de Sistemas de Ciencia e Ingeniería (CSSE) de la Universidad Johns Hopkins. El número de casos en el mundo es 92.132. El 86,9% de los casos (80.151) corresponden a China. Los siguientes países con mayor número de casos son: Corea del Sur (5.186), Irán (2.336), Italia (2.036), y Japón (283). En América Latina se han registrado casos en Ecuador (7), México (5) Brasil (2), República Dominicana (1). 

Aunque el cálculo de la tasa de letalidad en estos momentos no es un reflejo fidedigno, porque es posible que existan casos no reportados en cantidades significativas, al menos ofrece una muestra de las diferencias de las manifestaciones en los países. La letalidad expresa la proporción de muertes sobre el total de casos. En China la tasa de letalidad es 3,6%, es decir, poco menos de cuatro fallecidos por cada 100 enfermos. Sin embargo, en Corea del Sur la tasa de letalidad es 0,5%, mientras que en Irán es 3,2%. Estas diferencias, especialmente entre Corea del Sur e Irán, indican las características peculiares de los sistemas de salud y las desiguales capacidades que tienen para el diagnóstico precoz y el tratamiento efectivo. En el caso de China, dada la magnitud del número de casos, debe pasar un tiempo para conocer con más exactitud cuántas personas padecieron la enfermedad en forma leve sin que fueran reportadas. 

La magnitud de la presencia del Covid-19 en todos los continentes es indicativo de que es cuestión de tiempo que se reporten casos en un mayor número de países. De manera que la pregunta es más bien cómo prepararse para enfrentar efectivamente la epidemia de Covid-19. La experiencia en el manejo de la enfermedad que ha desarrollado el sistema de salud de China, constituye una referencia para la organización de la preparación, especialmente en el ámbito de América Latina. Hasta la fecha, según reporte de la Organización Mundial de la Salud (OMS), las autoridades chinas han elaborado al menos seis protocolos o lineamientos para controlar la epidemia y tratar los pacientes. Estos protocolos se han actualizado en función de los nuevos conocimientos adquiridos desde finales del año pasado. Lo más probable es que estos protocolos se seguirán actualizando en las próximas semanas o meses. 

Una buena forma de conocer el grado de preparación de los países de América Latina, con respecto a Covid-19, es indagar si se han elaborado estos protocolos, y si se han dispuesto para el conocimiento de la población en general y para los equipos encargados del control y tratamiento. En esta época de masivo uso de la internet, sería deseable que todos los ministerios de salud de la región hayan colocado en los respectivos sitios web información general sobre Covid-19, y especialmente los protocolos para la detección de casos, y el tratamiento clínico y epidemiológico. La referencia de los países que están enfrentando la mayor cantidad de casos es de especial utilidad. También es deseable que se hayan constituido equipos técnicos nacionales, con la participación de especialistas clínicos, de salud pública, de ciencias de la información, entre otras áreas, para realizar la asesoría en la medida que evolucionen las circunstancias en cada país. 

Al explorar en los sitios web de los países de la región (20 en total), se pudo constatar que los protocolos de atención han sido colocados por nueve países. En otros nueve países (Bolivia, Chile, El Salvador, Guatemala. Haití, Honduras, Nicaragua, Panamá, Perú) no se encontraron protocolos para atención de Covid-19 en los respectivos sitios web. En dos países (Cuba y República Dominicana), los sitios web no se encontraban activos al momento de la revisión. 

Es perentorio que en los próximos días todos los ministerios coloquen estos protocolos para la utilización de la población y de los especialistas. Este paso es de especial valor porque permite armonizar pautas y evitar demoras en el diagnóstico y manejo de los casos de Covid-19 que se puedan presentar. Por supuesto, la mera elaboración de los protocolos no es garantía de éxito contra la epidemia. También se requiere que los recursos (humanos, insumos, transporte, de diagnóstico, entre otros) estén disponibles y en funcionamiento. Pero como en toda tarea exigente, el diseño del plan y las rutinas de acción son los primeros pasos para lograr el objetivo. La demostración será que los casos de Covid-19 sean detectados rápidamente, tratados efectivamente, y que se reduzca al mínimo la propagación de la enfermedad. La prueba para los ministerios de la salud de la región está en curso.

Politemas, Tal Cual, 4 de marzo de 2020

martes, 18 de febrero de 2020

Tendencias globales del nuevo coronavirus

Los pronósticos sobre la economía internacional ya contenían indicios de preocupación a finales del año pasado. También se habían publicado reducciones en las expectativas de crecimiento en muchos países. Es muy poco probable que los organismos internacionales y centros de análisis, hayan incluido en sus escenarios la aparición de un factor como el nuevo coronavirus que ha copado la atención mundial en las últimas semanas. 

Que el nuevo coronavirus haya sido identificado en China, en el contexto de un gobierno comprometido con llevar el país a las fronteras del desarrollo tecnológico y la innovación, expresa que en las dimensiones ultramicroscópicas también existen potentes restricciones para el bienestar de los países. Muchas de las interrogantes sobre el nuevo coronavirus implican realizar investigación de altísimo nivel, en corto tiempo, con el concurso de las mejores capacidades. Sin embargo, al día de hoy, la situación luce apremiante, dado el aumento del número de casos y de fallecidos (más de 1.000 al momento de escribir). La ausencia de referentes con respecto a la evolución de la epidemia afecta las estrategias de organismos internacionales, gobiernos y empresas a escala global. Al menos tres grandes tendencias se pueden anticipar. 

La primera está vinculada a la demanda por reducir rápidamente el nivel de incertidumbre. Esto, en primer lugar, supone garantizar el acceso a la información más precisa posible, tanto para los organismos especializados como para medios de comunicación y organizaciones civiles. La difusión oportuna de esta información es un requisito para la toma de decisiones de todos los actores involucrados. En segundo lugar, se requiere la generación con la mayor rapidez posible de los análisis e investigaciones sobre la evolución y características de la enfermedad. La visita de un equipo internacional de la Organización Mundial de la Salud (OMS) a China en esta semana, expresa la importancia de la cooperación y la definición de estrategias que aumenten a la brevedad la disponibilidad de conocimientos para enfrentar la epidemia. 

La difusión que ha tenido la enfermedad en esta semanas, expresadas en el número de casos y muertes, así como en el número de países en los cuales se han identificado casos, es la segunda tendencia a destacar. En los casos previos de epidemias de coronavirus, las dimensiones fueron menores. De allí que los efectos en la actividad económica, por ejemplo, en el caso de China, también serán mayores probablemente, especialmente por representar este país el 16% de la economía global. 

En el caso del Síndrome Respiratorio Agudo Severo (SARS), la reducción del crecimiento económico en China en la primera parte del año 2003, fue recuperada en el segundo semestre. Actualmente, la prolongación de la cuarentena en varias ciudades chinas ha traído como consecuencia el cierre de empresas que a su vez ha ocasionado la interrupción de múltiples cadenas productivas, dentro y fuera del país. Los efectos de esta caída productiva, especialmente por el mayor grado de vinculación con la economía global, tendrán implicaciones tanto en Asia cono en Estados Unidos (20% de las exportaciones chinas están dirigidas a Estados Unidos). En la medida que aumente la caída productiva de China, los riesgos de un efecto global también aumentan. 

La tercera tendencia está relacionada con los sistemas de salud tanto en los países avanzados, como en los países con mayores restricciones financieras y organizativas. Estos efectos son al menos de dos tipos. El primero es técnico. Los procesos para realizar el diagnóstico, aislamiento y tratamiento de pacientes no están disponibles en muchos países, al menos en toda la extensión del territorio. Esta circunstancia obliga a actuar con rapidez para adaptarse a estas nuevas exigencias. En el contexto de las tradicionales limitaciones de muchos de estos sistemas de salud, la efectividad para realizar estas adaptaciones luce inadecuada. El segundo efecto es todavía más crítico. Está asociado con el impacto en las actividades ordinarias en los sistemas de salud. La presión totalmente justificada para desplazar recursos y servicios para la atención de la epidemia ocasionará que disminuya la concentración en otros problemas. 

La epidemia del nuevo coronavirus es una prueba de gran envergadura para la cooperación internacional, la economía global y los sistemas de salud. De allí la importancia de acometer con urgencia las estrategias globales necesarias. La anticipación es con seguridad la consigna del día, especialmente en los gobiernos nacionales y en los organismos internacionales.

Politemas, Tal Cual, 12 de febrero de 2020

lunes, 17 de febrero de 2020

Lecciones para enfrentar el nuevo coronavirus

La declaración de emergencia internacional por la Organización Mundial de la Salud (OMS), tomando en cuenta la evolución en el número de casos y muertes del nuevo coronavirus, coloca la atención en la capacidad de los sistemas de salud para enfrentar la epidemia. En menos de veinte años, tres coronavirus han colocado en jaque la salud pública a escala global. A partir de 2002 correspondió al SARS (Síndrome Respiratorio Agudo Severo), y desde 2012 al MERS (Síndrome Respiratorio del Medio Oriente). Entre ambos tipos de coronavirus han ocasionado un poco más de 10.000 casos con más de 1.000 fallecidos. 

Hasta la fecha, el nuevo coronavirus ha ocasionado más de 20.000 casos y 427 muertes. A pesar de que no se conocen muchos detalles sobre el origen y transmisión de la enfermedad, es bastante probable, justamente por la evolución de las anteriores epidemias de coronavirus, que se mantendrá por un tiempo largo. La afectación de esta epidemia puede ser de especial consideración en los países con sistemas de salud de menor fortaleza institucional. 

De allí que sea de utilidad conocer cuál es el balance de las prácticas que siguieron los países ante las epidemias de SARS y MERS. Lamentablemente no existen investigaciones comparadas sobre este tema. Una de las pocas publicaciones analiza la experiencia de Corea del Sur ante las dos epidemias. En este caso, se distinguen tres factores que influyen de manera significativa en la efectividad de las políticas de los gobiernos con respecto a las epidemias de coronavirus, vale decir con respecto a todas las emergencias de origen infeccioso. 

El primer factor está representado por elementos del contexto institucional. El inicial es la actualización de la legislación, por ejemplo, en el tratamiento de la cuarentena y con respecto a las medidas para impedir la propagación de las enfermedades infecciosas. La inadecuación de estos mecanismos ocasionaría dificultades para el aislamiento de los pacientes, especialmente por la vinculación entre los servicios y organizaciones responsables en el sistema de salud. Otro aspecto en el cual afectaría la inadecuación de la legislación es el establecimiento de las líneas de decisión en el momento de aparición de la epidemia, y de manera más crítica la ausencia de opciones para actuar de manera coordinada entre las instituciones responsables. También se ha señalado que al no haberse declarado la emergencia por parte de la OMS disminuyó la coherencia de las medidas que se tomaron en Corea del Sur, en concreto en la epidemia de MERS. 

En segundo lugar, está la capacidad para movilizar recursos de salud, tales como el personal especializado y la infraestructura. De lo cual se infiere que los sistemas de salud, por intermedio de los recursos globales del gobierno, requieren recursos de rápida movilización. En aquellos países en los cuales no existe tal disponibilidad y/o flexibilidad, se reducen las posibilidades de actuar exitosamente. De hecho, en Corea del Sur los fondos de salud pública no fueron suficientes en las primeras fases de las epidemias señaladas. De especial relevancia es contar con recursos humanos especializados en epidemiología, lo cual significaría vincular también las capacidades existentes en universidades y centros de investigación. 

El tercer conjunto de factores incluye la capacidad de liderazgo y articulación con los gobiernos subnacionales y locales, y con el sector privado. Es decir, en la medida que los responsables públicos asumen adecuadamente los roles de dirección y facilitan información y posibilidades de cooperación, se puede articular efectivamente el diseño y ejecución de la estrategia contra la epidemia. 

Estos factores, que no son más que buenas prácticas de políticas públicas, no son frecuentes, particularmente en el contexto de los países de América Latina. La gran interrogante de actualidad es la capacidad que tendrán estos sistemas de salud en caso de que la epidemia del nuevo coronavirus se propague en los próximos tiempos. La experiencia comparada puede ser de utilidad para anticipar las decisiones que se deben tomar en el corto plazo. Ojalá se hayan empezado a tomar.

Politemas, Tal Cual, 5 de febrero de 2020

viernes, 14 de febrero de 2020

¿Cómo puede evolucionar el cambio climático en Argentina?

El calentamiento global es tema de primer orden en la agenda pública. Además de las reuniones de organismos internacionales, los medios de comunicación y redes sociales destacan insistentemente sobre las perspectivas del planeta en caso de que no tengan éxito las políticas que se deben derivar del Acuerdo de París de 2015. Se espera que los gobiernos estén diseñando las mejores alternativas para que a finales de siglo la temperatura global no supere dos 2 grados centígrados por encima de los niveles pre-industriales. La situación ideal prevista en el Acuerdo de París es que el aumento no sea superior a 1,5 grados centígrados. 

Uno de los cambios de gobierno más reciente en América Latina ocurrió el pasado diciembre en Argentina. Explorar la posición del gobierno recién posesionado, puede ser una muestra de cómo los países de la región están concibiendo las políticas para enfrentar el cambio climático. Para el año 2018, según las cifras de la Comisión Europea, Argentina ocupaba el lugar 29 en el mundo con respecto a la producción de emisiones de CO2, representando aproximadamente 0,55% de las emisiones totales del planeta. 

En 2016, en la Contribución Nacional elaborada por el gobierno de Argentina, en cumplimiento de las exigencias del Acuerdo de París, se propuso que en 2030 las emisiones de CO2 no deberían superar 483 millones de toneladas. Una nota muy positiva es el hecho de que entre 2015 y 2018, las emisiones de CO2 experimentaron en Argentina una ligera reducción, al pasar de 212 a 210 millones de toneladas (siendo uno de los pocos países de la región que disminuyeron las emisiones). En la Contribución Nacional también se señalan las recomendaciones de políticas que deberían seguirse para cumplir la meta establecida, e incluso tratar de alcanzar una cantidad menor de emisiones en 2030. 

Se puede asumir que un tema de esta envergadura, tanto por las implicaciones nacionales e internacionales (especialmente por la cercanía de Argentina con Brasil), sería incluido en los programas de los candidatos a la presidencia, celebradas en 2019. Sin embargo, en la propuesta del candidato que resultó ganador ni siquiera se mencionó las palabras “cambio climático”. Luego, en el discurso de toma de posesión, el actual presidente ratificó el compromiso con el Acuerdo de París, pero no señaló medidas concretas. Hubiera sido muy significativo que el presidente resaltara los avances realizados por Argentina, e indicara al menos las pautas generales que el nuevo gobierno desarrollará con respecto al cambio climático. 

Las medidas propuestas por Argentina en 2016, para superar la meta prevista en 2030, suponen ejecutar acciones en tres áreas centrales: (1) obtención de financiamiento internacional para promover las estrategias para la reducción de emisiones, (2) apoyo a la transferencia, innovación y el desarrollo de tecnologías (por ejemplo, para monitorear la cantidad de emisiones), y (3) fortalecimiento de las buenas prácticas para enfrentar el cambio climático en ámbitos relevantes. 

El éxito de los países, especialmente de los gobiernos, en la reducción de las emisiones de efecto invernadero no vendrá de manera aleatoria. Supondrá que se siga en detalle las pautas acordadas a través de sucesivos gobiernos. El hecho de que en los programas de gobiernos y en las primeras actuaciones de las administraciones no se indiquen las políticas que se ejecutarán, es un signo preocupante. Esto es de mayor significación cuando se consideran los países de menor desarrollo institucional. Tal parece que las exigencias para que las políticas contra el cambio climático sean adecuadamente diseñadas e implementadas, constituirán un área de gran preocupación para las sociedades de la región. Especialmente por el seguimiento de las acciones que realizarán o no realizarán los gobiernos en un área tan significativa para las condiciones de vida de los ciudadanos de América Latina en las próximas décadas.

Politemas, Tal Cual, 29 de enero de 2020

jueves, 13 de febrero de 2020

Cambio climático en América Latina

Las perspectivas para reducir el calentamiento global no son prometedoras. En la reunión de Davos que se celebra esta semana, el cambio climático ocupa gran parte de la agenda temática. El Foro Económico Mundial, en informe reciente, alerta sobre el aumento que se ha comprobado en las emisiones de gas invernadero, incluso desde la firma del Acuerdo de París a finales de 2015. Se señala en este informe que las emisiones continúan aumentando a una tasa de 1,5% anual. Esto significa que se requeriría una reducción entre 3 y 6% anual hasta 2030 para que se cumpla la meta de que el aumento de temperatura global al final del siglo esté en el rango acordado, esto es, entre 1,5º y 2º C. 

Entre 1970 y 2018, las emisiones globales de CO2 (correspondientes a la mayoría de las emisiones de efecto invernadero), aumentaron casi 2,5 veces. Sin embargo, en China el aumento fue mayor a 12 veces. A pesar de que 121 países se han comprometido a compensar las emisiones para el año 2050, este grupo de países representa menos del 25% de las emisiones totales. Ninguno de estos países está entre los cinco con más emisiones (China, Estados Unidos, India, Rusia y Japón). Los cambios que deben sucederse para revertir la tendencia en las emisiones, y por ende, en los efectos en el cambio climático, son de alta exigencia para muchos países. 

El Acuerdo de París, aunque no establece metas definidas para la reducción de las emisiones, si demanda que los países presenten planes ambiciosos con este propósito. También se señala en el Acuerdo de París que las cifras de emisiones previas deben considerarse como el punto más alto, y que en la implementación de estas pautas se espera que se produzcan reducciones significativas en todos los países. Por otra parte, este requerimiento de reducción es independiente de la cantidad total de emisiones de los países. En otras palabras, cada país tiene el compromiso de reducir las emisiones que produce, sin tomar en cuenta la magnitud o la población. 

En América Latina, nueve países han multiplicado más de cinco veces el total de emisiones de CO2 desde 1970 hasta 2018 (últimas cifras disponibles en la base de datos de emisiones de la Comisión Europea). El país con mayor aumento ha sido Paraguay, 11 veces con respecto a 1970. Le siguen en orden decreciente: Ecuador, Honduras, Guatemala, Bolivia, Haití, República Dominicana, Costa Rica y El Salvador. En Brasil el aumento ha sido de 4,5 veces, en México de 4 veces y Argentina de 2,3 veces (entre los países de mayor población). 

Luego de la aprobación del Acuerdo de París, es decir, tomando en cuenta el período 2016-2018, un total de 16 países (sobre 20 de la región) han experimentado aumento de las emisiones de CO2. Es más, en 12 países (Bolivia, Chile, Colombia, Costa Rica, República Dominicana, El Salvador, Guatemala, Haití, Honduras, Nicaragua, Panamá, Paraguay), la cifra registrada de emisiones de CO2 en 2018 es la más alta en la historia. 

Si en estos 12 países no se aprecia cambio de la tendencia en las emisiones, aun cuando cada uno de ellos ha elaborado las denominadas “contribuciones nacionales”, puede ser indicativo de las siguientes posibilidades: (1) las contribuciones nacionales no han incorporado las medidas adecuadas para reducir las emisiones, (2) las contribuciones nacionales contienen las medidas adecuadas pero no se han implementado, (3) se han incorporado las medidas adecuadas pero el tiempo para obtener efectos es superior al plazo cubierto hasta 2018. Se requiere conocer cuál de las opciones anteriores es la que corresponde a cada país, o cualquier otra que resulte de la indagación. Es una tarea que debe ser realizada en cada país con prontitud, especialmente porque el plazo para la próxima revisión (a los cinco años), luce a todo evento que es demasiado largo. 

La implementación del Acuerdo de París es un excelente ejemplo de que no basta establecer una meta o aspiración de política pública, por loable que parezca, para que se cumpla. Para alcanzar el objetivo, en este caso la reducción de las emisiones de CO2, se requiere una cadena de eventos que abarcan desde la motivación y conocimiento de los liderazgos de los gobiernos, hasta la inclusión de las medidas en la gran diversidad de políticas que afectan el cambio climático en cada país, pasando por contar con la estabilidad política y los recursos financieros. Solo en la medida que los gobiernos sean capaces de planificar en el mediano plazo (2030 está a la vuelta de la esquina), y llevar a cabo rigurosamente tales propuestas, se podrán revertir los efectos del cambio climático. Habría que explorar si realmente esto es una prioridad para los gobiernos. Lamentablemente, no luce de entrada que sea así.

Politemas, Tal Cual, 22 de enero de 2020

miércoles, 12 de febrero de 2020

¿Por qué Bangladesh tiene un plan hasta 2100?

Tener un plan de largo plazo es en muchos contextos una idea fuera de lugar. Asomar algo así en los países de América Latina inmediatamente es rechazado por falta de realismo. Simplemente se descarta por principio. Los argumentos sobran: hay que concentrarse en lo más urgente, si no se enfocan las acciones en el corto plazo no tienen efectividad, y así sucesivamente se indican razones en contra. Preguntar a los líderes políticos, económicos y sociales sobre sus visiones a diez, veinte o cincuenta años, genera miradas de sorpresa y desconcierto. Pensar en futuros tan lejanos no es una práctica habitual, para decirlo sin mayores adjetivos. 

Tanto está enraizada esta visión, que imaginarse que en alguna parte del planeta se está planificando para los próximos cien años, puede sonar bastante exótico. Incluso es fácilmente asimilable solamente con las prácticas de los países llamados avanzados. Por alguna razón se asume que la planificación de largo plazo es algo que solo pueden contemplar los países de mayor desarrollo. Porque solo en esos países, se dice, es posible “darse el lujo” de pensar en el futuro. De esta manera se reitera el mito de que aquellos países de menor desarrollo no pueden ni deben tener una idea tan “extravagante” como planificar el futuro, y mucho menos en plazos tan largos. 

Pero sorpresas da la vida. Basta con colocar “plan 2100” en cualquier buscador de internet, para obtener como resultado que el país que aparece no es uno de los más esperados. Es Bangladesh, conocido más bien por las dificultades de desarrollo que ha confrontado. Su origen deriva de la mezcla, muchas veces dramática, entre colonialismo y pobreza. Bangladesh es producto de la separación de Pakistán a principios de la década de los setenta del siglo pasado, a través de demandas independentistas apoyadas por India. En las últimas décadas, Bangladesh dejó de ser un país de bajo ingreso, según la clasificación del Banco Mundial, para convertirse en un país de “ingresos medios bajos” en 2015. Y ahora se ha planteado con seriedad transformarse en un país de “ingresos medios altos”. 

Ahora bien, la razón fundamental para la elaboración de un plan hasta 2100 por parte de Bangladesh, es que, dadas las tendencias en la evolución del cambio climático, el país podría quedar bajo las aguas en las próximas décadas. Se estima que, ante el aumento del nivel del mar a escala global, el 70% de la superficie del país, que actualmente supera apenas un metro de altura, quedaría sumergida. También estos efectos ocasionarían sequías de grandes proporciones y aumento de salinidad de las aguas. En la práctica, Bangladesh ocupa el quinto lugar entre los países que serían más afectados por los efectos del cambio climático. Perspectivas muy preocupantes para un país de 160 millones de habitantes. y el de mayor densidad poblacional entre los países con más de 2 millones de personas. 

La alternativa de Bangladesh, antes que responder con medidas de corto plazo, ha sido lo contrario: elaborar un plan a desarrollar en las próximas ocho décadas. Ha solicitado asistencia técnica a los Países Bajos y el Reino Unido. Ha acordado asistencia financiera con organismos multilaterales para implementar el plan. Desde 2018 cuenta con un plan de desarrollo hasta 2100, orientado a eliminar la pobreza extrema en 2030, alcanzar el nivel país de ingresos medios altos también en 2030, y convertirse en un país próspero a partir de 2041. Para ello se aspira asegurar la seguridad ante inundaciones y el cambio climático, así como la eficiencia en el uso de aguas, sostenibilidad de los sistemas fluviales, desarrollar efectivas instituciones y alcanzar la utilización óptima de las tierras y los recursos hídricos. El plan se convierte entonces en un estabilizador de la sostenibilidad del país. 

Los países severamente afectados no son solamente aquellos que pueden quedar sumergidos. También están los países que pierden capacidades productivas, ven a una fracción inmensa de sus habitantes emigrar a otros países, sufren descalabros en la institucionalidad política, y padecen altos porcentajes de pobreza y subnutrición. En estos países, muchas veces los liderazgos, en el mejor de los casos, colocan sus metas en lo que sucederá en la próxima semana. Quizás poniendo el acento en los factores que condicionan la propia supervivencia de los países y en una visión de largo plazo, como ha hecho Bangladesh, se podrían gestar los consensos que permitan superar las terribles circunstancias del corto plazo. A lo mejor vale la pena intentarlo.

Politemas, Tal Cual, 15 de enero de 2020