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martes, 29 de octubre de 2019

Venezuela entra a las hiperinflaciones más prolongadas

El informe presentado por la Asamblea Nacional hace pocos días señala que la tasa de inflación de Venezuela en el mes de agosto fue 65,2%. Esto significa que el país experimenta nuevamente una tasa de inflación mensual superior a 50%. La última vez que la Asamblea Nacional había reportado una tasa superior a 50% había sido en el mes de febrero de este año. Hay que señalar que el BCV reportó la tasa de inflación hasta el mes de abril del año en curso.

Un país se encuentra en hiperinflación cuando la tasa de inflación mensual supera el 50%. Este criterio fue propuesto por el profesor Cagan a mediados de los años cincuenta del siglo pasado. Esto quiere decir que puede registrarse una hiperinflación, aunque dure un solo mes (siempre y cuando la tasa de inflación supere el 50% mensual ya señalado). Este es el caso de la hiperinflación de Chile en octubre de 1973, o la de Perú en septiembre de 1988, entre otros.

Que la tasa mensual de inflación de Venezuela haya disminuido por debajo de 50% entre marzo y julio de este año podría haber generado la falsa idea de que la hiperinflación había desaparecido. Por eso el criterio establece que deben pasar 12 meses seguidos con tasas de inflación menores a 50% para determinar que ha cesado la hiperinflación.

Por otra parte, es obvio y notorio que la política económica no apunta a resolver los enormes desequilibrios que se confrontan (el único no es la tasa de inflación). En consecuencia, si consideramos todos los meses que han transcurrido desde que la tasa de inflación superó el 50% mensual (según la Asamblea Nacional fue en noviembre de 2017), es decir exactamente 22 meses hasta agosto de 2019, la hiperinflación de Venezuela ya está entre las doce más prolongadas de la historia. De hecho, superó la duración de la hiperinflación de Bolivia (que había sido la segunda más larga de América Latina con 18 meses). También sobrepasó los 21 meses de la hiperinflación de Zimbabwe en la década pasada.

De seguir esta progresión, si la hiperinflación se mantiene hasta enero de 2020 ya se encontraría entre las cinco hiperinflaciones más largas de la historia (Ucrania, Azerbaiyán, Grecia y Nicaragua conforman este grupo). Las dos primeras con duración de tres años, y las otras dos de casi 5 años (la más larga ha sido la de Nicaragua con 58 meses).

Al comenzar la hiperinflación Venezuela se comentaba que eran procesos de corto plazo. Que no podía durar mucho tiempo. Se advirtió en ese momento que eso depende de las políticas que se apliquen. Está bastante claro que las políticas implementadas en Venezuela no han estado dirigidas a controlar efectivamente la hiperinflación. Las pruebas están a la vista.

También es muy evidente que el problema de la hiperinflación no es su magnitud. Es el efecto dramático en la vida de las personas, en la destrucción del poder adquisitivo de la moneda, en la destrucción de empleos, de empresas, en la migración de millones de personas, en la reducción de la inversión pública en servicios. La hiperinflación es sinónimo de destrucción de la sociedad. Que Venezuela se encamine a tener una de las hiperinflaciones más largas de la historia es una calamidad de las mayores proporciones. Es quizás la afectación más significativa en la vida de los venezolanos desde que existe la República.

Politemas, Tal Cual, 18 de septiembre de 2019

sábado, 2 de marzo de 2019

¿En cuánto tiempo se recupera esta catástrofe económica?

La sociedad venezolana avanza, esperemos que sea lo más rápido posible, hacia la coyuntura de un nuevo rumbo, una orientación totalmente diferente. En ese rumbo, el objetivo debería ser alcanzar el máximo nivel de democracia y bienestar. En consecuencia, debe ser una dirección diferente a la creencia de que basta producir y vender petróleo. Ya eso no es viable. Tampoco lo era hace veinte años. Y, sin embargo, ya vemos los resultados de no haber cambiado. 

Es importante saber en cuánto tiempo es posible revertir esta inmensa catástrofe económica. En primer lugar, porque la sociedad debe saber las posibilidades y las restricciones. Conocer las posibilidades permite ser realista, pero también más exigente. Y conocer las restricciones facilita anticipar los aspectos que deben considerarse, tomar las medidas adecuadas, evitar los errores cometidos por otros. Y en segundo lugar, porque el liderazgo, especialmente el político, debe transmitir esas posibilidades, ejercer el rol informativo y motivacional que se requiere. 

Para estimar lo que es posible y lo que será más complicado, es útil la experiencia de otros países. De esa manera se puede aprender, de los éxitos y de los fracasos. Es por ello necesario comparar con las experiencias pasadas. Siempre diferentes, por supuesto, pero valiosas para el aprendizaje. 

Asumamos inicialmente que Venezuela, por efecto de políticas diferentes que se empiecen a aplicar en este año, evita el crecimiento negativo en 2019 (ya pronosticado de seguir el rumbo actual de políticas). En ese caso, la economía venezolana tendría cinco años sin crecimiento (2014-2018), el último de ellos en hiperinflación. Esto significa que Venezuela se uniría al grupo de seis países que en los últimos cuarenta años han experimentado recesiones de cinco años, según el FMI. En este grupo, Sierra Leona tuvo la mayor caída de actividad económica (promedio de 12,27% en los cinco años de recesión). El segundo lo ocuparía Venezuela, con una caída de 11,71% promedio. 

Si consideramos que la superación de la caída económica, se produce en el año que se alcanza la capacidad de compra anterior al inicio de la recesión (en dólares de poder de compra, PPP per cápita), el país más exitoso en este grupo ha sido Guyana al lograr recuperar el PIB per cápita previo a la recesión en dos años. Esto es, el PIB per cápita era 3.360 dólares en 1985. En 1986 se inicia la recesión y termina en 1990. En 1992 el PIB per cápita superó al de 1985 (3.393 dólares). Se debe señalar que la recesión de Guyana alcanzó un promedio de caída económica de 2,86% (casi cuatro veces menos que la de Venezuela). Esa es la noticia buena, aunque debe resaltarse que no solo la recesión de Guyana fue menos profunda que la de Venezuela, tampoco tuvo hiperinflación. Los restantes países de este grupo llevaron mucho más tiempo para la recuperación. En Turkmenistán y Bolivia, por ejemplo, ambos países con hiperinflación, la recuperación llevó 15 y 18 años, respectivamente. 

Ahora, asumamos un escenario más crítico. Esto es, que el FMI tenga razón y este año también Venezuela tenga una caída económica de 5%. En ese caso, sería una recesión con una duración de seis años. Acá el escenario es más complicado. Croacia pudo recuperar el PIB per cápita previo a la recesión en tres años. Los otros cinco países tardaron más de diez años. En el caso de la República Democrática del Congo se podría llevar más de 30 años (el único país con hiperinflación en el grupo). 

La experiencia comparada demuestra que no es imposible superar una recesión tan larga en pocos años. Se requiere tener las políticas adecuadas para hacerlo en el menor tiempo posible y con el menor costo, así como el liderazgo con los equipos humanos y las condiciones institucionales necesarias. Desde esa perspectiva, si Venezuela tuviera esos requerimientos, ¡y claro que los puede tener!, podríamos recuperar en 2021 el PIB per cápita que teníamos en 2013. Y de allí queda más cerca recuperar el PIB per cápita que teníamos en 1980 (poco menos de 300 dólares). Lo que está claro es que la vía más viable para alcanzar esa sinergia es que Venezuela se enrumbe a constituirse en una sociedad de conocimiento. Es factible, es cuestión de que exista la orientación del liderazgo y la disposición colectiva. Construyamos con decisión un acuerdo de esa naturaleza que marque un rumbo diferente para los venezolanos.

Politemas, Tal Cual, 13 de febrero de 2019

viernes, 1 de marzo de 2019

Hacia la peor recesión del mundo

La magnitud de la hecatombe económica ya es padecida por casi todos los venezolanos. Ha afectado la vida cotidiana: falta de alimentos y de medicinas, hiperinflación desde hace quince meses con pronóstico de 10.000.000% para 2019, migración de millones de personas, empobrecimiento, máxima desprotección social histórica, entre otros efectos. La crisis crece día a día en proporciones nunca imaginadas dentro y fuera del país. Que esta debacle ocurra a finales de la segunda década del siglo XXI, es toda una manifestación del deterioro institucional que ha experimentado Venezuela. 

Ahora bien, las dimensiones de esta crisis, ya superlativa, deben estar presentes, es necesario que sean apreciadas en sus proporciones. Porque deben ser, por una parte, un llamado a tomar las medidas urgentes que se requieren. Cada día sin las opciones adecuadas, hace más difícil la reversión de esta situación. Por otra parte, conocer el tamaño de esta calamidad debe estar en el centro de la estrategia que se debe implementar. De esa forma se podrán tomar las decisiones que controlen rápidamente los daños ocasionados. También se deberá ganar tiempo al tiempo y favorecer que el país pueda salir de estos efectos negativos lo más pronto posible. 

La recesión de Venezuela se encuentra en su sexto año consecutivo, esto es, desde 2014 hasta la fecha. A partir de 1980, de acuerdo con el FMI, veinte países del mundo han padecido recesiones de al menos cinco años de duración. Solo en uno de ellos, República Democrática del Congo, se produjeron dos períodos de recesión (de seis años en cada caso). 

Hasta la fecha, sin consideramos el período 2014-2018, la recesión de Venezuela es la tercera en intensidad. Esto es, el promedio de caída de la actividad económica en el período es 11,71%. Es decir, en promedio todos estos años la economía venezolana ha decrecido casi 12%. Solo la recesión de Ucrania (en el período comprendido entre 1993 y 1997), y la de Sierra Leona (entre 1995 y 1999), tuvieron un promedio mayor de decrecimiento económico. En Ucrania el promedio de caída fue 12,57% (la mayor registrada), y en Sierra Leona fue 12,27%. Para tener una idea de estas magnitudes, se puede señalar que la Gran Depresión (1929-1933) tuvo una duración de cinco años y un promedio de decrecimiento de 9,1%. 

Lo más preocupante es que si se prolonga la recesión en 2019, y se cumple el pronóstico de caída económica del FMI de 5%, la recesión de seis años de Venezuela sería la segunda más profunda de la historia. Ahora bien, si la caída es de 7%, entonces la recesión de Venezuela sería la más profunda de la historia en los países que han padecido recesiones de al menos seis años. 

El panorama de un país sometido a una destrucción económica de estas proporciones debe tener efecto en la calidad de las políticas públicas requeridas. Deben ser políticas de la mayor efectividad en condiciones institucionales complejas y con financiamiento adecuado. La ausencia de estas condiciones impondrá más sufrimiento a los venezolanos. En vital recuperar el crecimiento lo más pronto posible y tomar las medidas pertinentes para que esta calamidad no ocurra nunca más.

Politemas, Tal Cual, 6 de febrero de 2019

domingo, 17 de febrero de 2019

Rumbo a las hiperinflaciones más largas

La hiperinflación de Venezuela ya tiene un año de duración. Cuando comenzó en el mes de noviembre del año pasado, algunos comentaron que al ser un proceso “autolimitado”, la hiperinflación no debería pasar de un año. Esa creencia estaba basada en la experiencia de los gobiernos que decidieron deliberadamente eliminar la hiperinflación. Pero en el caso de los países en que los gobiernos no asumen que la hiperinflación es un problema derivado de sus acciones, la duración de estos procesos puede ser tan larga como la incomprensión de su naturaleza. 

Ya a finales del 2017 era bastante claro que no existe la disposición para implementar las políticas adecuadas para corregir la hiperinflación. Los resultados están a la vista. La hiperinflación de Venezuela es la tercera en duración de América Latina (solo superada por la de Bolivia con 18 meses y la de Nicaragua con 58 meses). También es la tercera en cuanto a la máxima tasa de inflación mensual (superada por la de Nicaragua y la de Perú). Al cumplir el año, la hiperinflación de Venezuela está en el 40% de los casos de mayor duración. 

Toda esta situación ha tenido un efecto terrible en los venezolanos, desde el deterioro aún mayor de las condiciones de vida, hasta la pérdida también mayor de la capacidad de transacción en la venta y compra de bienes. Venezuela es hoy una sociedad preocupada cada segundo por el precio de los bienes no por el valor de ellos. La distancia entre esas dos sociedades es el camino que habrá que recorrer para ser un país completamente diferente al que tenemos. 

Todo lo anterior sería de especial preocupación. Pero esto aumenta cuando se conocen los pronósticos de los organismos especializados, dentro y fuera del país, sobre el comportamiento de la hiperinflación en 2019. Todos los análisis indican que la hiperinflación puede extenderse por todo el año próximo. Es decir que la duración podría llegar al menos, según estos pronósticos, a los dos años. La premisa subyacente en estos pronósticos es que no habrá cambios fundamentales en la política económica. 

De mantenerse la hiperinflación en todo el año 2019, Venezuela ingresaría al grupo de países que han tenido las hiperinflaciones más largas (mayores a dos años). Este grupo está compuesto por: Rusia (entre 1922 y 1924, 26 meses), China (entre 1943 y 1945, 26 meses), Angola (entre 1994 y 1997, 26 meses), Ucrania (entre 1992 y 1994, 35 meses), Azerbaiyán (entre 1992 y 1994, 36 meses), Grecia (entre 1941 y 1945, 56 meses), Nicaragua (entre 1986 y 1991, 58 meses). Esta posibilidad es real. La magnitud de los desequilibrios que atraviesa Venezuela está sencillamente fuera de toda proporción. 

En este escenario, hay que insistir hasta la saciedad, es urgente el cambio de la orientación económica. Venezuela está experimentando un grado superlativo de deterioro institucional vinculado a la desaparición de la moneda, tal como Keynes lo señalaba hace casualmente un siglo. Por supuesto, esto es una responsabilidad que involucra especialmente al gobierno. Pero no de manera exclusiva. La reflexión sobre el tipo de sociedad que aspiramos supone comprender los elementos básicos del funcionamiento de una economía, y lo costoso que representa un proceso de hiperinflación, en calidad de vida y en inversión para el futuro. La responsabilidad de todos los liderazgos en identificar alternativas ante esta situación no puede ser más necesaria en las actuales circunstancias.

Politemas, Tal Cual, 28 de noviembre de 2018

viernes, 15 de febrero de 2019

Dramas y oportunidades de la migración a Colombia

La migración de Venezuela es un problema de Estado para Colombia. Declaraciones presidenciales en los últimos dos años así lo evidencian. La envergadura de este proceso es inmensa y creciente. De allí que el gobierno de Colombia cooperara con el Banco Mundial para elaborar un documento marco de políticas públicas para atender esta situación en el corto, mediano y largo plazo. El documento “Migración desde Venezuela a Colombia”, presentado hace pocas semanas, ofrece aportes tanto para conocer las dimensiones y características de la migración, como su impacto en múltiples áreas, y para ponderar las alternativas de políticas. El conocimiento de especialistas del Banco Mundial sobre procesos similares en otros contextos, facilita la identificación de opciones para enfrentar sistemáticamente la migración acelerada de Venezuela a Colombia. 

En el documento se califica esta migración como “sin precedentes”. También se señala que este proceso ha cambiado completamente la dirección de la política migratoria de Colombia. De país más bien interesado en que retornaran los nacionales que tuvieron que marcharse en décadas pasadas, ahora Colombia debe hacer frente a una llegada de migrantes de inmensas proporciones provenientes de Venezuela. La velocidad y magnitud de esta migración es proporcional al ritmo de destrucción económica que se ha profundizado en Venezuela desde la aparición de la hiperinflación en noviembre del año pasado. 

La población que ha tenido que salir de Venezuela proviene del peor contexto económico y social en la historia del país. No solamente son los efectos relacionados con las características de los empleos que tenían, en su gran mayoría informales, en una economía con casi un lustro sin crecimiento. También es una población sin acceso adecuado a alimentos, medicamentos, con restricciones en la asistencia a las escuelas, con 70% sin cobertura de seguros de salud. En los últimos meses también es una población con casos de sarampión y difteria, con posibilidad de propagar las epidemias de estas enfermedades. 

En el documento del Banco Mundial se indica que para septiembre de 2018, aproximadamente 1,2 millones de personas que vivían en Venezuela se han trasladado a Colombia. De ellos, 300 mil son colombianos que decidieron retornar a su país. Es por ello que se señalan las características de una migración mixta (los nacionales que retornan y los que no tienen nacionalidad colombiana). Estos últimos tienen diferentes condiciones migratorias (regular o irregular). También se destaca que durante los primeros nueve meses de 2018, más de 700 mil personas provenientes de Venezuela han llegado a Colombia para seguir a otro país. 

Las dimensiones de esta migración, que superan todo lo previsible, han tenido por supuesto un efecto en Colombia, especialmente en la prestación de servicios y en las condiciones del mercado laboral. De allí que se implementen mecanismos de atención a esta población en áreas de salud y educación, para lo cual la situación migratoria implica diferencias en el acceso. Se estima en el documento que la atención a los migrantes tiene una repercusión de 0,2% a 0,4% del PIB en los gastos fiscales de Colombia. 

Esta migración tiene un mayor impacto relativo en las zonas fronterizas. Esto es, la población migrante representa una proporción significativa de la población total. Lo relevante es que estas zonas fronterizas también son las menos desarrolladas de Colombia, con menor cobertura de servicios y posibilidades productivas. Y es justamente en estas condiciones que pueden surgir las oportunidades. También el documento señala la importancia de analizar los posibles efectos beneficiosos de esta migración. 

Tal como ha sido la experiencia en este último año, el documento destaca que el empeoramiento de las condiciones económicas y sociales de Venezuela influirá en la continuación de la migración. De manera que las previsiones, en términos de servicios y atención a los migrantes, tenderán a aumentar. También se sabe que en las zonas fronterizas la migración venezolana cuenta con ventajas por su preparación para las actividades productivas. Por supuesto, inicialmente genera recelos de parte de los trabajadores de nacionalidad colombiana. De hecho, se ha reportado la disminución del empleo formal en estas zonas, al mismo tiempo que el aumento de la economía informal con la llegada de venezolanos. 

Ahora bien, esta combinación de migración que trae nuevas capacidades en un entorno caracterizado por la brecha que existe con respecto a otras zonas de Colombia, puede servir de catalizador de nuevas modalidades productivas. Este aspecto está enunciado en la recomendación 2.4 del documento al destacar la importancia de proyectos productivos en las zonas receptoras de migración. Una opción podría ser la creación de un Fondo de Apoyo a Emprendimientos Productivos, de manera que los nuevos empleos de venezolanos no compitan con los empleos formales de la población colombiana. Estos nuevos emprendimientos, con incentivos para una rápida formalización, permitirían que se formen nuevas asociaciones productivas en estas zonas. Si también en esas zonas se facilita el reconocimiento de títulos a los migrantes venezolanos (como se señala en la recomendación 3.2 del documento), se aprovecharía tanto las capacidades actuales como las derivadas de un mayor nivel de especialización. 

Quizás estas zonas fronterizas, hoy con grandes brechas de desarrollo, se pueden convertir en áreas de nuevos niveles de productividad. Al estar en la frontera pueden tener un efecto sinérgico en la economía de Venezuela cuando se tenga otra dirección de políticas. Probablemente el mayor reto del gobierno de Colombia es convertir los dramas de esta migración en oportunidades de bienestar. Ojalá que así sea.

Politemas, Tal Cual, 21 de noviembre de 2018

sábado, 27 de octubre de 2018

Destrucción sin límites

Solo el titular es un gran sobresalto. Buscar en la base de datos actualizada ayer por el FMI, completa la impresionante noticia. Para el año 2019, el FMI pronostica que Venezuela puede tener una tasa de inflación de 10.000.000%, diez millones por ciento, en caso de usted, amigo lector, piense que se han colocado ceros de más. La inflación pronosticada para el año en curso es 1.370.000%. También señala el FMI que la tasa de inflación que Venezuela tendrá a final de año es 2.500.000%, vale repetir, dos millones y medio por ciento. 

Realmente las dimensiones de esta destrucción son descomunales. Se debe recalcar que la hiperinflación es, antes que nada, un proceso de destrucción de capacidades productivas. Es de hacer notar que la primera vez que el FMI alertó sobre un proceso de hiperinflación en Venezuela, fue en abril de 2016, dos años y medio atrás. Para ese momento, el FMI estimaba que la tasa de inflación al final de 2018 podría ser 3.000%. Ha resultado ser casi 900 veces más. 

La magnitud de esta debacle debería significar una profunda reflexión para todos los venezolanos, donde quiera que estén, y para todos aquellos con preocupación sincera por el país. Esta es una situación dramática, con proporciones de destrucción nunca vistas. Con afectación directa y sin precedentes en las condiciones de vida de millones de personas, los que están en el país, y todos los que han emigrado. Ahora bien, esto no es fortuito, esto no es un cataclismo natural. Este nivel de destrucción es el resultado de ideas, de políticas públicas. De una forma de entender el desarrollo de las personas y de los países. Esto es el resultado de una ideología equivocada, prepotente, y de una gestión de gobierno del mayor nivel de incompetencia que se pueda imaginar. 

Las consecuencias de la destrucción de capacidades productivas están a la vista de todos. La intervención del Estado en todas las esferas de la vida social, la aniquilación de derechos, la persecución en todas sus formas, ha conducido a esta situación que pone en entredicho la viabilidad de la sociedad venezolana. El gobierno está en su estrategia de minimizar la situación y tomar medidas, todas ellas conducentes a agravar la situación. El escenario del FMI para 2019 expresa las fundadas razones que indican que las propuestas del gobierno solo complicarán las condiciones de vida de los venezolanos. 

También es completamente sorprendente que una crisis de esta naturaleza, no haya sido un factor de consenso entre los líderes alternativos. Que toda esta devastación que contempla la sociedad venezolana, no haya sido motivo para acordar las líneas fundamentales de un país diferente. Mientras los efectos ocasionados por la hiperinflación se profundizan, el país contempla que se no dan los pasos necesarios para anteponer el bienestar de la gran mayoría a cualquier otro interés. 

Para muchos la hiperinflación iba a ser un proceso “pasajero”. Un somero ejercicio de revisión histórica indica que eso no es cierto. La duración de la hiperinflación de Bolivia fue 18 meses, y la Nicaragua, 58 meses. Tampoco es cierto que luego de tomar medidas antiinflacionarias los países adoptan un modelo de desarrollo diferente. Bielorrusia demostró que no es así necesariamente. La hiperinflación está llevando a la sociedad venezolana a los límites. Esperemos que los acuerdos sean posibles y rápidos.

Politemas, Tal Cual, 10 de octubre de 2018

miércoles, 17 de octubre de 2018

¿Que pasó en Ucrania al no enfrentar la hiperinflación?

No es posible resolver un problema si primero no se reconoce. Esta pauta tan sencilla vale tanto para los problemas cotidianos de las personas, como para los problemas de las sociedades. Ahora bien, no es posible reconocer un problema si no existe capacidad de análisis. Pero antes de eso, debe haber una suficiente dosis de apertura, basada especialmente en la autocrítica y sensatez. Cuando existe una manera de ver la realidad, impermeable a la capacidad de análisis, autocrítica y sensatez, entonces tampoco existe la flexibilidad para el diseño e implementación de políticas públicas adecuadas. Y existe menos posibilidad de que se asuman las mejores prácticas para resolver el problema. La experiencia de Ucrania en el manejo de la hiperinflación puede servir de referencia para lo señalado. 

La disolución de la Unión Soviética en 1991 trajo como consecuencia la creación de repúblicas independientes. Muchas de estas repúblicas independientes experimentaron procesos de hiperinflación desde enero de 1992. En total fueron 14 procesos de hiperinflación que tuvieron una duración variable. En nueve de esas repúblicas las hiperinflaciones duraron entre uno y dos meses. En las cinco restantes las hiperinflaciones fueron más prolongadas. 

Las perspectivas de Ucrania al iniciarse el período post-soviético eran favorables, al comparar con otras repúblicas. Entre las razones que fundamentaban esa apreciación se encontraban el alto nivel educativo de su población, contar con diversidad de recursos naturales, y un alto nivel de industrialización. De allí que se llegara a considerar que Ucrania estaba en el grupo de los países como mayores posibilidades de éxito en la transición post-soviética. 

La evolución económica de Ucrania fue más bien en la dirección contraria. Los gobiernos que se sucedieron en las primeras etapas de la independencia tuvieron poca disposición a abandonar completamente la planificación central, es decir, la preponderancia del Estado en la conducción de la política económica. Este factor se sumó a la escasa comprensión que tuvieron los gobiernos sobre las alternativas más adecuadas para sortear los primeros tiempos de la transición. Las políticas implementadas tuvieron como rasgo central el control de precios y la tendencia a agravar el déficit fiscal a través de las distorsiones de la política monetaria. Todos estos factores se sumaron a la resistencia de los gobiernos ucranianos a acudir al apoyo financiero internacional. 

Las políticas implementadas en Ucrania fueron muy diferentes a las seguidas en Rusia, por ejemplo. En este último país, la hiperinflación fue enfrentada rápidamente (apenas duró un mes), implicó una opción contraria a la planificación central y contó con mayores capacidades institucionales, especialmente equipos técnico calificados, y apoyo internacional. La ausencia de estos factores en el caso de Ucrania conllevó a que la hiperinflación se prolongara por 35 meses. Cuando los gobiernos no enfrentan adecuadamente los procesos de hiperinflación, ocasionan terribles costos a las sociedades. Lecciones a aprender.

Politemas, Tal Cual, 29 de agosto de 2018

martes, 16 de octubre de 2018

Más allá del Estado Omnipotente

Si algún rasgo caracteriza el desarrollo de Venezuela en el último siglo, es la amplia creencia, tanto del liderazgo político como de la población en general, que el Estado es el agente fundamental que genera el bienestar. Esta concepción ha sido fortalecida en la medida que el petróleo ha sido la base productiva de la sociedad venezolana. Son justamente los países en los cuales el petróleo tiene tal importancia, también llamados Petroestados, los que tienen una mayor tendencia a darle mayor preeminencia al Estatismo. 

Entre 1998 y 2010, se triplicó el porcentaje de la población que opinaba que el Estado es capaz de solucionar todos los problemas (de 16% a 47%). En el año 2017, a pesar de los evidentes efectos negativos del auge del Estatismo iniciado en 1999, todavía uno de cada cuatro venezolanos sostenía que el Estado puede solucionar todos los problemas de la sociedad. Ahora bien, esta creencia en el Estado Omnipotente, expresada en políticas implementadas especialmente en los últimos cincuenta años, ha configurado una manera de entender los límites entre el rol de lo público y lo que le corresponde a la sociedad. Así, los gobiernos suspendían garantías económicas, aprobaban regulaciones incompatibles con la flexibilidad requerida, o llegaban al extremo de expropiar empresas o crear cientos de ellas con simples decretos. Podríamos decir que se fue constituyendo un Estado Omnipotente capaz de intervenir en los mínimos detalles de la vida social y económica del país. 

Los anuncios sobre las medidas económicas informados el pasado viernes 17 de agosto, configuran una nueva tendencia del Estado Omnipotente. Se trata ahora de un Estado tan Omnipotente que pretende influir en los intangibles. Se pueden indicar una muestra de esos intangibles. El primer de ellos es asignar valor a una medida como el Petro, a sabiendas de que su demanda no se encuentra contabilizada. El supuesto es el valor que puede representar el petróleo que se encuentra en el subsuelo, sin considerar que tal referencia no está condicionada por aquellos que quieran adquirir ese bien. 

Otro ejemplo es la intención de intervenir en las expectativas de los sectores de la economía. Se aumenta el salario mínimo 35 veces y se ofrece que se pagará por la diferencia por un período de tres meses, y al mismo tiempo se establece que este aumento no puede afectar la fijación de precios. Es decir, se elimina toda posibilidad de que las empresas compensen los aumentos derivados de los salarios que tienen que pagar. De la misma manera, el aumento de impuestos no debe repercutir en variaciones de los precios. Y que esa medida se tome en una economía en recesión desde hace cinco años tampoco tiene mayor relevancia. Y por si fuera poco, aumentar los gastos públicos en menor proporción que los ingresos, traerá supuestamente una reducción del déficit fiscal a 0% (estimado en 20% en la actualidad). 

Las medidas económicas del 17 de agosto están concebidas para el mundo de las ilusiones. No tienen mayor asidero en la realidad, lo cual no es de extrañar. Están diseñadas para otras dimensiones, diferentes a la vida concreta de las personas, las que tienen que sobrevivir en una economía de agresiones y sufrimientos. Es por ello que contribuirán más bien para que la hiperinflación sea más dura, dividiendo en dos la historia de los venezolanos y dejando más visibles las terribles consecuencias de profesar la omnipotencia del Estado.

Politemas, Tal Cual, 22 de agosto de 2018

domingo, 14 de octubre de 2018

Destrucción de acuerdos

Se podría pensar que la hiperinflación es una formidable destrucción de la moneda, expresada fundamentalmente en la aniquilación de la estabilidad de precios. Y eso es verdad. Al iniciar el décimo mes de hiperinflación en Venezuela, es claro y notorio que han desaparecido todos los referentes para la definición de los precios de bienes y servicios. La velocidad en el deterioro de la capacidad de compra es proporcional a la dificultad de transar con una mínima dosis de normalidad. Nadie sabe cuánto pueden variar los precios incluso en un día. Mucho menos para pensar en la semana próxima o en el mes que viene. 

La desaparición de los precios como referentes, ya es una demostración de que la economía no está en capacidad de funcionar en los mínimos requerimientos de una sociedad. Los precios son acuerdos, mecanismos de transacción. Alguien ofrece una cantidad por algo y otra persona acepta recibirlo. La base de ese acuerdo es que lo que se recibe vale lo mismo que cuando se hizo la transacción. El problema deviene cuando lo que se recibe vale mucho menos porque está sometido al efecto de la hiperinflación. Entonces, los actores prefieren incrementar el precio calculando el efecto de ese deterioro, o sencillamente transar en otro medio de común acuerdo. Pero los precios no son los únicos acuerdos que desaparecen en una hiperinflación. 

Tomemos, por ejemplo, los acuerdos entre trabajadores y empresarios para la fijación de las remuneraciones. Los contratos colectivos son imposibles en una situación hiperinflacionaria, porque no hay forma de estimar las bases de las variaciones de esas remuneraciones. En consecuencia, la posibilidad de utilizar la contratación colectiva como medio de estabilidad en las relaciones de trabajo, simplemente desaparece. En tales condiciones, la mera discusión sobre productividad es un sinsentido. Algo similar sucede cuando los beneficiarios de los servicios de una empresa, se ven obligados a pagar a los trabajadores una cantidad extra muy superior a sus salarios por temor a que abandonen las empresas y, por ende, queden afectados. 

También desaparecen las pensiones para la población en situación de retiro. La pensión es un acuerdo, muchas veces intergeneracional, según el cual el trabajador recibe una cantidad que representa el beneficio por su vida laboral. La base de la pensión es que el valor que tiene en el mercado de bienes y servicios sirve para que se pueda acceder de manera estable a lo considerado necesario. Cuando el valor de la pensión se deteriora ante la arremetida hiperinflacionaria, entonces ese acuerdo de preservación del beneficio también desaparece. 

La inversión pública también es otro acuerdo que es afectado por la hiperinflación. En este caso, el acuerdo implica que los precios de los servicios públicos deben garantizar que se obtienen recursos para asegurar el mantenimiento y la calidad. Cuando ello no es posible, porque el aumento de los precios impide la utilización de recursos para garantizar los servicios previstos, entonces se produce la escasez y la afectación a los ciudadanos en su calidad de vida. 

De la misma manera, la escala de salarios de la administración pública no puede salir indemne de una hiperinflación. La distancia entre las remuneraciones y el aumento de los precios, obliga a trabajadores a abandonar el sector público, y a otros muchos, a ver deteriorada la calidad de vida. Y ellos es especialmente crítico cuando se introducen de manera discrecional mayores diferencias entre sectores de la administración pública. 

Finalmente, la hiperinflación aniquila los acuerdos de la sociedad en el mediano plazo. Conceptos como “plan” o “futuro” no tienen cabida ante el ritmo que impone la hiperinflación, muchas veces medido en días o semanas. La hiperinflación de Venezuela, en la medida que se prolonga, seguirá destruyendo acuerdos fundamentales. En un curso diferente será menester acometer la transformación de estas relaciones, de manera sostenible y moderna. De allí la urgencia que se debe asumir para detener la destrucción hiperinflacionaria. Es, sin dudas, el reto más profundo que tiene todo el liderazgo de la sociedad venezolana en la actualidad.

Politemas, Tal Cual, 1 de agosto de 2018

jueves, 11 de octubre de 2018

Desafíos de un país en shock

Al llegar al octavo mes de hiperinflación, la sociedad venezolana experimenta con mayor rigor las circunstancias de un terrible shock. No solamente es la afectación económica y social, sino la imposibilidad de contar con recursos institucionales para generar los acuerdos que requiere una situación de esta naturaleza. Dos inmensos desafíos están planteados en la actualidad. En la capacidad que se tenga para enfrentarlos dependerán las posibilidades del país en los próximos años. 

El primer desafío es evitar mayores daños. El efecto destructivo de la hiperinflación no solo se expresa en la duración, sino en la intensidad. De acuerdo con los escenarios elaborados en la Asamblea Nacional, en 2018 Venezuela puede alcanzar la tasa de inflación más alta de todos los procesos de hiperinflación de América Latina (35.000%). Esa tasa de inflación también es superior a la experimentada en todos los procesos de hiperinflación del mundo desde 1980, con la excepción de Zimbabwe. Más grave es que la experiencia internacional indica que los países que no solucionan rápidamente las hiperinflaciones, tienen a prolongarlas. Los países independientes derivados de la disolución de la Unión Soviética, todos con visiones de planificación central, tuvieron desempeños diferentes en la implementación de los programas anti-inflacionarios. Algunos tuvieron éxitos tempranos, otros prolongaron las hiperinflaciones por periodos de hasta tres años. También es notorio que en algunos de esos países (por ejemplo, Bielorrusia), el éxito en la corrección de la hiperinflación no significó cambios en los modelos políticos y económicos. 

Los daños ocasionados por la hiperinflación son cada día más evidentes. Entre estos aspectos se destaca el aumento de la pobreza extrema, según las Encuestas de Condiciones de Vida (ENCOVI), de 24% en 2014 a 61% en 2017, así como la constatación de que 1,2 millones de niños menores de 3 años no pueden consumir los alimentos necesarios para su óptimo desarrollo. También se observa la reducción de la cobertura educativa en la población entre 18-24 años (7% en hombres y 11% en mujeres) entre 2016 y 2017, indicativa del deterioro en la formación de recursos humanos. La reducción de la capacidad de las familias para responder ante la disminución de los ingresos es la más alta en toda la historia del país. 

En estas condiciones se impone la ejecución de un Programa de Salvación Nacional que signifique en la práctica un rumbo completamente en las políticas públicas del país. Esto supone un marco general que promueva el desarrollo sostenible. Para que ese programa tenga un efecto significativo y contrario a lo que ha sido la estrategia del país hasta la fecha, se requiere que apunte a la diversificación de la economía venezolana. La compatibilidad entre la atención del corto plazo y los objetivos de mediano plazo, debe fundamentarse en metas que contribuyan a dar consistencia a la estrategia. Una meta fundamental es proponer que Venezuela sea la economía más diversificada de América del Sur para el año 2030, constituyendo una pujante sociedad del conocimiento, tal como es la tendencia en otras regiones del mundo. Todo ello supone la puesta en marcha de un nuevo modelo de desarrollo, con las respectivas implicaciones políticas y sociales que conlleva. 

Transitar en esta dirección requiere imaginar el futuro, y dar los pasos requeridos para alcanzarlo. La hora implica que la mejor inversión es ganar tiempo, es la única forma de disminuir la brecha que ahora confrontamos. Es fundamental, en consecuencia, promover una visión prospectiva global, que nos permita anticipar procesos, que implique la generación de nuevas modalidades de formación, con vínculos dentro y fuera del país. Es también el momento para que el sector productivo y las universidades trabajen de manera cooperativa en la visualización de las modalidades que conducen a una sociedad del conocimiento con esas características. En la medida que sepamos conjugar la atención a la gravedad de la crisis con la imaginación de las posibilidades, se construirán las bases de una sociedad que promueva el mayor bienestar posible para los ciudadanos.

Politemas, Tal Cual, 4 de julio de 2018

domingo, 24 de junio de 2018

Destrucción sin paralelo

El anuncio de la Asamblea Nacional sobre la tasa de inflación del mes de mayo implica nuevos récords en el drama de la hiperinflación en Venezuela. En primer lugar, se confirma el séptimo mes de hiperinflación. Es decir, desde el mes de noviembre del año pasado, la tasa de inflación mensual ha superado el 50%. La duración de la hiperinflación de Venezuela ya es superior a la experimentada en Chile (1973), Perú (1988 y 1990), y Brasil (1989-1990). Esto significa que, de continuar esta situación, en cuatro meses más también se superaría la duración de la hiperinflación de Argentina (1989-1990). 

La tasa de inflación mensual correspondiente al mes de mayo de 2018 también es la más alta en la historia del país, esto es, 110%. De acuerdo con esta tasa de inflación mensual, los precios de los bienes se duplican en 28 días. De mantenerse una tasa de inflación mensual de 50% hasta final de año, la tasa de inflación, según la Asamblea Nacional, sería 35.000% en 2018, con lo cual se convertiría en la más alta de todas las hiperinflaciones de América Latina, y la más alta de las hiperinflaciones ocurridas en el mundo desde 1980. 

Las condiciones de esta situación son cada día más críticas para la inmensa mayoría de la población. Las posibilidades de protección están disponibles para un sector muy pequeño. Una hiperinflación de estas características como se está previendo es el escenario de destrucción más grande padecido por la sociedad venezolana. No existe forma de minimizar esta realidad. 

En este contexto, una de las preguntas fundamentales es identificar si es posible revertir esta situación en un plazo corto. Esto nos lleva a analizar el patrón de toma de decisiones en la actualidad en esta materia. La decisión anunciada sobre la reconversión monetaria se ha comunicado y asumido como la solución del problema. Especialistas nacionales e internacionales han indicado insistentemente que la reconversión sin las medidas de fondo requeridas, no significará ningún remedio. Más bien, puede implicar el empeoramiento de la situación. 

De acuerdo con lo informado recientemente, la reconversión monetaria se implementará a principio del mes de agosto. Es decir, que a los siete meses ya transcurridos habría que agregar los meses de junio y julio, con lo cual se alcanzarían los nueves meses de duración. Y a esos meses habría que agregar el tiempo que llevaría que se cayera en cuenta que la reconversión no es la solución. Conocido el patrón de decisiones en esta materia, es bastante probable que la hiperinflación de Venezuela se extienda por todo lo que queda del año 2018. Las consecuencias de la prolongación de este nivel de hiperinflación es muy probable que alcance los mayores topes de empobrecimiento y destrucción de capacidad productiva en la historia del mundo.

Politemas, Tal Cual, 13 de junio de 2018

lunes, 11 de junio de 2018

Seis meses de hiperinflación

La tasa de inflación del mes de abril de este año, difundida esta semana por la Asamblea Nacional, indica que la hiperinflación de Venezuela ya alcanza los seis meses de duración (desde noviembre de 2017). Esto es, seis meses seguidos con tasas de inflación mensual superior a 50%. Es decir, que los precios de los bienes se duplican en un período alrededor de los treinta días. Esto significa que la hiperinflación de Venezuela superó en duración a las experimentadas en Chile (1973), Perú (1988 y 1990), y Brasil (1989-1990). 

También la intensidad de la hiperinflación alcanza un nuevo récord. Entre abril de 2017 y abril de 2018, la tasa de inflación anualizada ascendió a 13.779%. La progresión de este ritmo inflacionario indica que a finales de año los niveles pueden ser francamente astronómicos. Con mucho pesar, los venezolanos están sufriendo cada día los embates de la segunda hiperinflación del siglo XXI, la primera en América Latina en casi 30 años, la primera en un país de la OPEP sin guerra civil. Realmente, la hiperinflación venezolana ha superado las peores expectativas. 

A la fecha, los venezolanos han conocido con mucha crudeza el impacto de la hiperinflación en su vida cotidiana. Saben que los aumentos del salario mínimo, sin ninguna otra medida, solo conducirán a la prolongación de la inflación. También conocen que cada día los aumentos de precios son más frecuentes. 

A pesar de la evolución de la hiperinflación, no se perciben posibilidades de cambio en las políticas económicas. Las circunstancias políticas están más bien concentradas en otros aspectos. Es difícil imaginar que las medidas adecuadas cuenten con los fundamentos políticos y técnicos necesarios. De manera que el primer escenario a considerar es que la hiperinflación se profundice ante la inacción. 

La experiencia internacional indica que los gobiernos que ha enfrentado efectivamente los procesos de hiperinflación lo han hecho de manera inmediata. Un ejemplo en América Latina fue el programa aplicado en 1990 en Perú. El programa fue aplicado en el segundo mes de la hiperinflación, y los efectos se apreciaron de manera casi inmediata. Lo cual nos lleva a considerar que no existe en las instancias responsables la menor disposición para enfrentar la hiperinflación. 

En estas circunstancias lo más probable es que las causas que condicionan la permanencia de la hiperinflación continúen presentes. Las consecuencias para las condiciones de vida de la población son altamente previsibles: mayor empobrecimiento, cierre de empresas, emigración forzada, deterioro del sistema educativo en todos los niveles, mayor deterioro de los servicios públicos. Las políticas implementadas en Venezuela están mostrando al mundo en tiempo real los límites del anti-desarrollo.

Politemas, Tal Cual, 9 de mayo de 2018

miércoles, 2 de mayo de 2018

Hiperinflación hasta 2023

Hace pocas semanas el FMI informó sobre las previsiones económicas para el año en curso. Dentro de los anuncios tuvo especial relevancia que la institución multilateral señalara que la tasa de inflación de Venezuela para 2018 se estima en 13.864%. Dicha tasa sería la más grande de las hiperinflaciones ocurridas en América Latina, al menos en los registros del FMI. También sería la segunda más alta en todas las hiperinflaciones del mundo, después de la experimentada por la República Democrática del Congo en 1994 (casi 24.000%). 

La estimación del FMI para 2018 ya es una pésima noticia, especialmente porque entrando ya en el séptimo mes de hiperinflación, todo indica que la tendencia es el empeoramiento de las condiciones económicas y sociales del país. 

Desafortunadamente, las malas noticias no se agotan allí. Dada la capacidad técnica del FMI, con todos sus equipos humanos y la larga experiencia en el apoyo al desarrollo de las economías en los cinco continentes, es previsible que las estimaciones que realizan tienen la mayor aproximación posible. Eso no significa que sean exactas, pero indican un escenario a considerar en toda plenitud. Especialmente porque fue esta institución la que anunció hace dos años que Venezuela, con las políticas implementadas, iba en el curso de hiperinflación. De hecho, en ese momento el FMI señaló que la tasa de inflación estimada para 2018 era 3.000%. Como se ha indicado, la nueva estimación es poco más de cuatro veces superior a la realizada dos años atrás. 

El FMI considera que, de continuar Venezuela en la dirección actual de las políticas económicas, la tasa de inflación para cada uno de los años comprendidos entre 2019 y 2023, sería casi 13.000%. También pronostica el FMI que, en ese marco de políticas, el crecimiento económico sería negativo en todos los años hasta 2023. De manera que Venezuela, con la segunda mayor capacidad de compra de América Latina en 1998, quedaría relegada al lugar número 16 (sobre 19 países de América Latina) en 2023 (una caída de 5 puestos con respecto a 2017, año de inicio de la hiperinflación). Esto significaría que, en 2023, Venezuela solo superaría a Nicaragua, Honduras y Haití. 

Este es, sin dudas, el peor escenario económico en el mundo en este momento. Todas las tendencias indican que el escenario empeora en la medida que la hiperinflación sigue su marcha descontrolada. Los objetivos del gobierno en las próximas semanas indican que no se tomarán medidas adecuadas para superar la hiperinflación. Tampoco la gravedad de la crisis ha sido lo suficientemente grande para que se haya producido una alianza sólida como alternativa al actual gobierno. Los venezolanos contemplan con angustia el escenario de destrucción y desprotección que continúa marcando su vida cotidiana.

Politemas, Tal Cual, 2 de mayo de 2018

miércoles, 7 de marzo de 2018

Causas de la hiperinflación más larga

La hiperinflación de Venezuela ya entró en el quinto mes. Aunque a la fecha no están disponibles los estimados de la Asamblea Nacional, todo apunta en la dirección de que en el mes de febrero también se superó el 50% de la tasa de inflación mensual, confirmando la continuación de la hiperinflación. En la práctica, esto significa que la hiperinflación venezolana ya superó la duración de las de Chile (1973) y Perú (1988 y 1990), e igualó la de Brasil (entre 1989 y 1990). Conviene entonces analizar en detalle las razones por las cuales los países tienen hiperinflaciones de larga duración. 

Tomemos el caso de Nicaragua. En este país se produjo la hiperinflación más larga registrada en la historia, con una duración de 58 meses, entre junio de 1986 y marzo de 1991. También tiene el récord del año con la mayor tasa de hiperinflación en América Latina, con 13.100% en 1987. Nos concentraremos en las evidencias aportadas por participantes relevantes en la toma de decisiones en ese período. Tal es el caso de los testimonios referidos por Sergio Ramírez, quien se desempeñó como Vice-presidente de Nicaragua en el período de la hiperinflación, hasta que el gobierno sandinista fue sustituido en las elecciones ganadas por Violeta Chamorro en 1990. En su conocido libro “Adiós muchachos: Una memoria de la revolución sandinista”, publicado en 1999, Ramírez ofrece pistas sobre las causas de la prolongada hiperinflación en su país. 

Refiere Ramírez que el ministro de Planificación, Alejandro Martínez Cuenca, “trató de enseñarnos las ventajas de la disciplina monetaria y la necesidad de combatir la inflación”. Inmediatamente señala Ramírez que “siempre siguieron pesando la guerra, las razones políticas y las improvisaciones para descalabrar cualquier plan”. También expresa que luego del cambio de moneda en 1987 se ha debido implementar un “severo ajuste monetario, el saneamiento de las carteras bancarias y una estricta austeridad en el gasto público, objetivos que nunca se cumplieron”. Más adelante, indica Ramírez que “la consigna que quebró el espinazo de la economía fue todo para los frentes de guerra”. En otras palabras, la guerra se convirtió en el gran resguardo para no enfrentar las decisiones que implicaba la hiperinflación. 

También relata Ramírez que en 1987 (en medio de la hiperinflación) estuvo en Managua un experto del Ministerio de Planificación soviético. En la reunión de presentación de recomendaciones al Consejo Nacional de Planificación, con Daniel Ortega presente, el experto propuso “que era necesario liberalizar la economía y controlar el gasto, siendo estrictos en el cálculo económico; y segundo, que los comandantes debían abandonar las tareas de gobierno y dejarlas en manos de técnicos competentes”. Ante el planteamiento, Daniel Ortega contestó: “¿Usted pide que nos quedemos haciendo un papel protocolario? Yo no sirvo para eso”. 

La historia demostró que ahí terminaron las sugerencias del experto soviético. El gobierno se aferró a las consignas en medio de una gran incompetencia. Los resultados fueron tres años más de hiperinflación bajo la responsabilidad del gobierno sandinista. La mezcla de ideología e incompetencia prolongan las hiperinflaciones. La lección nicaragüense está bastante clara.

Politemas, Tal Cual, 7 de marzo de 2018

domingo, 25 de febrero de 2018

¿En cuánto tiempo se recupera la baja inflación?

La hiperinflación de Venezuela, según las estimaciones de la Asamblea Nacional (únicas oficiales en el país), ya se encuentra en el cuarto mes. De tal manera que ya superó en duración las hiperinflaciones de Perú (1988 y 1990) y la de Chile (1973), según el recuento realizado por Steve Hanke y Nicholas Krus, investigadores de la Universidad Johns Hopkins. Si se prolonga hasta el mes de marzo habrá superado también la duración de la hiperinflación de Brasil (entre 1989 y 1990). 

Todo parece indicar que al menos hasta la elección presidencial fijada para el 22 de abril de este año, el gobierno seguirá impulsando una política económica que no hará otra cosa que agravar los factores que condicionan la hiperinflación. En este caso, puede estimarse que la hiperinflación de Venezuela durará al menos seis meses. También es previsible que un programa adecuado de estabilización económica no es lo que el gobierno tiene pensado implementar. La persistencia de la actual política, entonces, puede aumentar la duración de la hiperinflación con las graves consecuencias que están conllevando para los hogares venezolanos. 

De allí que sea urgente acometer los cambios de política que pudieran corregir el curso hiperinflacionario. Ya las previsiones indican que, de no haber modificación, Venezuela puede alcanzar en 2018 la tasa de inflación más alta de todas las hiperinflaciones de América Latina (comparable con la de Nicaragua en 1987). 

La diferencia en la calidad de las políticas tiene efecto en la duración de las hiperinflaciones. Ello se puede apreciar cuando se analiza la evolución de procesos de hiperinflación que comparten características similares. Una comparación en este aspecto la ofrecen las hiperinflaciones que se sucedieron luego de la disolución de la Unión Soviética. En enero de 1992 comenzaron 14 procesos de hiperinflación en repúblicas soviéticas. En nueve casos las hiperinflaciones duraron entre uno y dos meses (incluyendo la de Rusia que duró un mes). En los restantes casos (5) las hiperinflaciones se extendieron por dos años o más: Tayikistán (22 meses), Turkmenistán (23 meses), Moldavia (24 meses), Ucrania (35 meses) y Azerbaiyán (36 meses). Se puede inferir que las hiperinflaciones deben ser atendidas con prontitud, de lo contrario tienden a prolongarse en el tiempo. De hecho, las hiperinflaciones de Ucrania y Azerbaiyán solo son superadas en duración por las de Grecia (1941-1945) y Nicaragua (1986-1991). 

Ahora bien, no necesariamente la corta duración de las hiperinflaciones es indicativa de que la recuperación será rápida. Para ello tomaremos como criterio que la recuperación de una tasa baja de inflación implica alcanzar dos dígitos. En los nueve casos en los que las hiperinflaciones duraron entre uno y dos meses, solo en dos de ellas (Estonia y Letonia) la recuperación de una baja tasa de inflación llevó dos años. En los restantes casos llevó más tiempo, hasta cuatro años en Rusia, Armenia, Bielorrusia, Kazajistán y Uzbekistán. 

El examen de la experiencia en otros países permite precisar un poco más lo que puede durar la hiperinflación en Venezuela, así como los rasgos de la recuperación. En primer lugar, el hecho de que la hiperinflación no se haya enfrentado con rapidez, es un signo de mal pronóstico con respecto a la duración. En segundo lugar, en caso de tomarse medidas para enfrentar la hiperinflación deben ser muy bien diseñadas para que la recuperación sea en el menor tiempo posible. Es claro que la manera de enfrentar la hiperinflación marcará el rumbo de la sociedad venezolana en los próximos años.

Politemas, Tal Cual, 14 de febrero de 2018

Hiperinflación sin límites

La hiperinflación se apodera de todos los espacios de la sociedad. Cualquier actividad de las personas o familias está condicionada por el aumento de los precios. De eso depende lo que se compra, si se va o no al trabajo, lo que se comenta en el mercado. Prácticamente las conversaciones de los venezolanos giran alrededor de esta situación. De nada ha servido la negación. El poder de la hiperinflación está trastocando las costuras económicas, sociales, y también las políticas. 

Tal es la magnitud de este descalabro, que el FMI anunció a finales del mes pasado una nueva estimación de la tasa de inflación de Venezuela en 2018. El pasado mes de octubre el FMI indicó que la tasa de inflación podría alcanzar 2.300% en este año. Ante los acontecimientos de las últimas semanas, el organismo indica que la tasa de inflación podría alcanzar más bien 13.000%. Es muy poco lo que habría que comentar si esto se acompaña, como también lo señala el FMI, con una caída de la actividad económica de 15%. Es decir, de cumplirse el pronóstico del FMI, Venezuela tendría en 2018 el penoso récord de la mayor tasa de todas las hiperinflaciones de América Latina, con la excepción de Nicaragua en 1987. 

Lo que determina que un problema se pueda resolver, en primer lugar, es la disposición a resolverlo. Si no existe esa voluntad, en muy poco probable que se pueda avanzar. Ese es justamente el caso de Venezuela. El actual gobierno no ha mostrado ningún signo de aceptación de que la hiperinflación es un problema relacionado con las políticas implementadas. Ya está bastante demostrado que la hiperinflación es causada fundamentalmente por desajustes monetarios y fiscales que pueden ser controlados rápidamente, siempre y cuando exista conciencia de esa situación. Y en esas circunstancias, la sobrevivencia del gobierno concentra todos los recursos en la próxima elección para conservar el poder. Mientras tanto, las acciones del gobierno, cuyo único propósito es aumentar la fuerza electoral, agravan la hiperinflación porque aumentan las fallas de las políticas implementadas, esto es, los desajustes señalados. Todo ello porque existe la creencia de que las opciones de políticas requerirán costos de todo tipo, es más fácil en estos momentos seguir el curso. De tal manera que no se puede esperar que el gobierno cambie de políticas antes de la elección presidencial. 

Para el gobierno es claro que luego de la elección tendría que analizar la hiperinflación con otra perspectiva. Y ahí entonces aparecería otra gran restricción que ha sido crónica en el actual gobierno: la dificultad para tomar decisiones oportunas y complejas, fundamentalmente porque existen muchos grupos y actores en su interior. Cada una de las opciones de política tendría críticos y adversarios con grados variables de influencia, lo cual hace muy intrincado el proceso de decisión. Por el lado de la alternativa al actual gobierno, esto es, los potenciales nuevos gobernantes, habría que preguntar si existe el consenso para implementar un programa de estabilización que resuelva de raíz la hiperinflación. Vale recordar que el gobierno de Violeta Chamorro, conformado por una amplia alianza de partidos, solo pudo implementar el programa anti-inflacionario casi año y medio después de la toma de posesión. Por lo señalado, se puede decir que en estos momentos la hiperinflación en Venezuela no tiene límites. Los venezolanos lo saben y están actuando en consecuencia.

Politemas, Tal Cual, 7 de febrero de 2018

viernes, 22 de diciembre de 2017

Shock hiperinflacionario

El año 2018 comienza con el país sumido en la hiperinflación. Por primera vez en la historia de Venezuela un fenómeno tan destructivo se ha apoderado de la psiquis colectiva. Desde octubre de 2017 la hiperinflación se ha instalado con toda su fuerza en la sociedad. Más de tres décadas de vivir con altas tasas de inflación contribuyeron a la creencia de que se podía tolerar la destrucción sistemática de la moneda. Desde 1996 la tasa de inflación del país ha sido superior a la tasa de inflación promedio del mundo, y también a la tasa de inflación promedio de los países de América Latina.

Los venezolanos incorporaron en sus prácticas cotidianas que el aumento de los precios (algunas veces por encima de 100% en un año) no era un fenómeno extraño. Dado que la economía experimentaba tasas de crecimiento, aunque no en todos los años, se tenía la impresión de que la inflación se podía encubrir. Cuando en casi todos los países de la región se habían alcanzado tasas de inflación de un solo dígito, los venezolanos coexistían en una economía con tasas entre cinco y diez veces superiores (entre 20 y 30% anual de tasa de inflación). La política monetaria pareciera haber establecido ese límite, es decir, aceptar una tasa de inflación muy superior a la deseable.

En los últimos cuatro años la situación ha sido mucho peor. Las potestades constitucionales del BCV para controlar la oferta monetaria ya no existen en la práctica. Con una economía en total contracción desde 2014 y sin mayor restricción de la creación de moneda, los efectos están a la vista. Venezuela experimenta la segunda hiperinflación del siglo XXI, la primera en un país petrolero sin guerra civil, la primera en América Latina desde hace casi treinta años. No hay palabras para describir un desastre de estas dimensiones.

Los pronósticos de especialistas nacionales e internacionales indican que en los primeros meses de 2018 la hiperinflación puede ser aún mayor a la tasa de 60% registrada en noviembre pasado. Es decir, que los incrementos para los ciudadanos se presentarán en proporciones nunca vistas en el país. Las consecuencias para la compra de bienes de primera necesidad, especialmente alimentos y medicamentos, así como servicios, artefactos, piezas de vehículos, útiles en general, implicará en la práctica una caída aún mayor de la actividad productiva. No es exagerado imaginar una progresiva paralización de las actividades fundamentales del país. 

Esta dramática situación encuentra al gobierno concentrado en la supervivencia. Toda la información oficial está dirigida a eludir las tremendas angustias de los venezolanos ante el alza indetenible de los precios. Para el gobierno, aceptar la realidad de tener una tasa de inflación superior a 2.000%, es sencillamente impensable. Peor aún, las prácticas del gobierno solo contribuyen a complicar la situación. La estrategia del gobierno es contingente con el escenario electoral. El diferimiento de medidas económicas será lo esperable.

Los actores políticos alternativos se encuentran también presionados por la coyuntura electoral. Las demandas por parte de ellos para que el gobierno asuma la responsabilidad en la génesis de la hiperinflación, así como la exigencia de un programa de estabilización, no están en este momento en su agenda de acciones. En consecuencia, de manera más creciente la población apreciará que sus contingencias cotidianas, expresadas solo en la preocupación de lidiar con una hiperinflación que arropa, no tienen expresión pública. Todo ello agravará la sensación de desprotección.

En la medida que la hiperinflación se exacerba, las restricciones sobre el futuro del país se harán más notables. La hiperinflación está colocando de manera muy visible las limitaciones de la viabilidad del país. Y dentro de estas limitaciones están las debilidades de los liderazgos para comprender la situación crítica y los riesgos involucrados. Podría decirse que ya la hiperinflación se ha convertido en asunto de Estado. Solo la conciencia de las dimensiones del descalabro y los acuerdos políticos y sociales que conduzcan a un programa de estabilización, en el marco de una nueva estrategia de desarrollo, podrán evitar a los venezolanos la prolongación de esta espiral de destrucción.

Politemas, Tal Cual, 20 de diciembre de 2017

Lecciones de la estabilización en Perú

El sábado 28 de julio de 1990 tomó posesión Alberto Fujimori como presidente de Perú. Luego de la segunda vuelta del 10 de junio en la cual derrotó a Mario Vargas Llosa. Durante la campaña electoral, realizada en el inicio del segundo episodio de hiperinflación del país, el candidato Fujimori había ofrecido que no seguiría la política gradualista del presidente García, pero tampoco la política de “shock” que ofrecía su adversario Vargas Llosa. Dada la victoria que obtuvo Fujimori, es muy probable que una fracción muy importante del electorado que terminó votando por él, no se imaginaba en detalle las políticas que habría de implementar para enfrentar la hiperinflación. Al menos el candidato no se había encargado de explicarlas.

También hay evidencias de que el gobierno recién juramentado experimentó unos primeros días de vacilación. Se ha indicado que Fujimori no tenía mucha idea de las implicaciones que tenía el programa económico que sus asesores preparaban. De hecho, una de las primeras medidas del gobierno fue decretar un feriado bancario para el lunes 30 y el martes 31 de julio, con lo cual se descartó que las medidas se anunciaran inmediatamente. Luego se esperó que las medidas se anunciaran después del feriado. Tampoco fue así. En realidad, en ese fin de semana que toma posesión el gobierno, se duplican los precios de los alimentos y aumenta el precio de la cotización del dólar. 

Las medidas son anunciadas finalmente el 8 de agosto de 1990 en un mensaje televisado del presidente del Consejo de Ministros Juan Carlos Hurtado Miller. Le tocó a este funcionario explicar al país la gravedad de la situación y las medidas que se requerían. Que haya pasado una semana entre el feriado bancario y el anuncio de las medidas indica, por una parte, que no existía un plan concertado con la suficiente especificación, y, en segundo lugar, que la gravedad de las medidas implicaba cierto tiempo para que el vocero asumiera en plenitud la responsabilidad que le tocaba. En la primera frase de su alocución, Hurtado Miller lo deja muy explícito, dice que se presenta ante los peruanos para “informarles sobre las medidas precisas con que el gobierno se propone enfrentar la inflación explosiva que hemos heredado de la administración anterior”. Ese era el principal problema de Perú y a eso se refirió en detalle el vocero. No había lugar para retórica.

Las medidas anunciadas fueron drásticas. Se eliminó el dólar controlado. El precio de la gasolina aumentó de 21.000 intis el galón a 675.000, aunque se incorporó un subsidio de 20.000 intis para el transportista por cada pasaje urbano. La lata de leche evaporada aumentó de 120.000 a 330.000 intis. El kilo de azúcar aumentó de 150.000 a 300.000 intis. El pan francés aumentó de 9.000 a 25.000 intis. Los aumentos estuvieron vigentes al día siguiente. También se anuncia que el gobierno solo gastaría los ingresos que percibiera. Se decreta un arancel máximo de 50% para las importaciones, así como una bonificación para trabajadores de los sectores públicos y privados equivalente al 100% del monto del sueldo del mes de julio de 1990. Para la compensación social se asignan 450 millones de dólares por parte del gobierno, más 150 millones de dólares provenientes de donaciones privadas y organismos internacionales. Los efectos de la estabilización, algunos de ellos muy difíciles en las primeras etapas para los peruanos, trajeron crecimiento, control de la inflación y una etapa de reducción de la pobreza nunca experimentada. Los resultados a la larga fueron notablemente positivos. 

En Venezuela avanzamos, ojalá más temprano que tarde, al anuncio de un programa de estabilización que enfrente la hiperinflación ya establecida desde hace pocas semanas. El gobierno que diseñe ese programa debe tener en cuenta al menos, como la experiencia peruana lo demuestra, que los detalles hay que pensarlos antes, que las medidas deben informarse lo más inmediato que se pueda, y que la compensación social requerirá elaboración técnica y muchos recursos. Esperemos que haya aprendizaje.

Politemas, Tal Cual, 13 de diciembre de 2017

De la emergencia a la estabilización

Se acaban las palabras para describir la situación de las familias venezolanas. A pocas semanas del fin de año, la coyuntura no puede ser más crítica. El mes de noviembre culmina con la mayor tasa de inflación mensual en la historia del país. A pesar de que no existen cifras oficiales desde finales de 2015, las estimaciones de la Asamblea Nacional y de especialistas dentro y fuera del país, no dejan dudas. Venezuela se encuentra en el inicio de una hiperinflación. La primera en casi 30 años en América Latina. La segunda del siglo XXI en el mundo, y la primera de un país de la OPEP sin guerra civil. 

El inicio de la hiperinflación se produce luego de cuatro años de caída en la actividad económica, hasta el punto de que se ha registrado una reducción de un tercio del PIB del país, constituyendo una de las mayores debacles en países no sometidos a procesos bélicos. En tales condiciones, la principal afectación son las condiciones de vida de los ciudadanos. Los resultados de la Encuesta de Condiciones de Vida (ENCOVI) de 2016, realizada por investigadores de la UCV, UCAB, USB, Fundación Bengoa, entre otras instituciones, indicaban que el 51% de los hogares se encontraba en situación de pobreza extrema (sin los ingresos para comprar los alimentos requeridos en el día). Todo indica que a finales de 2017 esta proporción debe ser mayor.

La exigencia de atender con la debida celeridad esta situación, caracterizada por la escasez de medicamentos y alimentos, sumado al aumento indetenible de los precios, ya es compartida por toda la sociedad. Incluso en el ámbito internacional, organizaciones de Naciones Unidas y gobiernos, han señalado insistentemente la necesidad de implementar opciones que logren reducir a la brevedad esta penuria que afecta a millones de venezolanos. A pesar de ello, las gestiones han sido infructuosas, más bien se percibe una gran indiferencia por parte del gobierno. La negociación que se encuentra en curso en estas semanas tiene entre sus puntos de mayor relevancia llegar a acuerdos sobre esta materia.

Lamentablemente las perspectivas para asumir la gravedad del este drama por parte de las instituciones responsables no son alentadoras. Con lo cual el problema de fondo, cual es la solución a la grave crisis económica, agudizada por la hiperinflación, mucho menos aparece en la agenda gubernamental. La solución estructural es un programa de estabilización que introduzca cambios profundos a todo el descalabro económico y social que se ha producido en el país. Esperemos que se puedan generar los acuerdos políticos y sociales que faciliten pasar de la emergencia a la estabilización en el menor tiempo posible. La situación realmente apremia.

Politemas, Tal Cual, 6 de diciembre de 2017

domingo, 3 de diciembre de 2017

Hiperinflaciones en América Latina

El reciente aumento de los precios ha trastocado aún más la vida de los venezolanos. Cuando las variaciones superan la marca de 50% mensual, los países entran en hiperinflación. Todas las evidencias, especialmente las provenientes de la única fuente de información de un poder público, cual es, la Asamblea Nacional, indican que la hiperinflación de Venezuela se manifestó claramente en octubre de este año. Dada la ausencia de medidas para enfrentar la hiperinflación por parte del gobierno, es muy probable que la tasa de inflación del mes de noviembre sea la más alta en la historia del país. 

Los efectos de estos aumentos de precios hacen mella en los ciudadanos. Especialmente porque la perspectiva de solución a la hiperinflación no es la predominante en la actualidad. Ahora bien, la inflación ha sido un acompañante permanente de la vida de los venezolanos en los últimos 35 años. El último año con una tasa de inflación de un dígito fue 1983 cuando se registró 6,2%. Entre 1984 y 2012, la tasa de inflación promedio del país fue 32%. Podría decirse que la inflación era un evento “normal” en la vida de los venezolanos, cuando en el resto del mundo la tasa de inflación más frecuente tendía a ser un solo dígito. De allí que el aumento de la tasa de inflación en los últimos años tenga efectos desastrosos en el ánimo y en la capacidad de compra de las personas. En los últimos años, se ha pasado a una tasa promedio de tres dígitos, con perspectiva de que a final de 2017 alcance los cuatro dígitos (1.133%), como advirtió el FMI hace pocas semanas.

En este contexto, es conveniente analizar de manera comparada los procesos de hiperinflación que se han producido en América Latina, tal cual han sido reportados por los investigadores de la Universidad Johns Hopkins, Steve Hanke y Nicholas Krus. El propósito de la comparación es tener presente las referencias para identificar similitudes y diferencias con la hiperinflación que está en marcha en Venezuela. Antes de la hiperinflación actual en Venezuela, en América Latina se habían sucedido episodios de hiperinflación en seis países: Argentina, Bolivia, Brasil, Chile, Nicaragua y Perú. En este último país se registraron dos episodios de hiperinflación (1988 y 1990). 

Quizás el episodio de hiperinflación menos conocido es el de Chile. Este episodio se produjo en el mes de octubre de 1973, al mes siguiente del golpe militar que derrocó a Salvador Allende. Esta hiperinflación fue expresión de los desajustes económicos precedentes. La tasa de inflación alcanzó casi 88% durante ese mes. La siguiente hiperinflación fue la de Bolivia, iniciada en abril de 1984 y finalizada por las medidas del recién electo gobierno de Paz Estenssoro en septiembre de 1985 (con una duración de 18 meses). El mes con la mayor tasa de inflación en Bolivia fue febrero de 1985 cuando alcanzó 183%, los precios se duplicaban cada 20 días.

En junio de 1986 se inició la hiperinflación de Nicaragua, la cual se extendió por 58 meses (hasta marzo de 1991), la más larga documentada en el mundo. La mayor tasa de inflación se registró justamente en el mes final (marzo de 1991), al alcanzar 261%, con una duplicación de precios cada 16 días. La siguiente hiperinflación se produjo en Perú en el mes de septiembre de 1988 cuando la tasa mensual alcanzó 114%. Aunque la tasa de inflación de Perú se mantuvo alta entre esta fecha y julio de 1990, solo en este último mes fue superior a 50%. De hecho, la tasa de inflación del mes de agosto en Perú ha sido la más alta registrada en América Latina (397%). Los precios se duplicaban cada 13 días. 

Entre 1989 y 1990, Argentina y Brasil experimentaron episodios de hiperinflación. La de Argentina se extendió entre mayo de 1989 y marzo de 1990. El mes con la mayor tasa de inflación fue julio de 1989 con 197%, con una duplicación de precios cada 19 días. En el caso de Brasil, la hiperinflación se extendió entre diciembre de 1989 y marzo de 1990. El mes con la mayor tasa de inflación fue marzo de 1990 (82%), con una duplicación de precios cada 35 días.

Aunque los episodios de hiperinflación en América Latina han sido muy diversos, ofrecen lecciones relevantes para caracterizar estos procesos. En primer lugar, los episodios de corta duración (uno a dos meses) fueron resultado de rápidas medidas tomadas con la instalación de nuevos gobiernos (Chile y Perú). En todos los casos, los procesos de hiperinflación han traído como consecuencia cambios de gobiernos (aún en los casos de Bolivia y Nicaragua que tuvieron los períodos más largos de hiperinflación), y modificaciones económicas sustantivas (cambios de moneda, programas de estabilización, transformaciones estructurales). También es muy evidente la afectación social que deriva de que las poblaciones en todos los países fueron sometidas a las inmensas dificultades en el acceso a bienes y servicios, en el deterioro del ingreso y en el clima de frustración social que predomina en estos procesos. 

En las actuales circunstancias, la hiperinflación que se inicia en Venezuela tiene al menos dos rasgos característicos. En primer lugar, se inicia el proceso después de una reducción productiva de más de un tercio de la economía, quizás la más grande registrada en el mundo en países sin conflictos bélicos. En segundo lugar, las grandes dificultades que se aprecian para darle a este problema la grave entidad que tiene. Ojalá que las circunstancias cambien y se puedan evitar las desastrosas consecuencias sociales que tendría una larga hiperinflación en Venezuela.

Politemas, Tal Cual, 29 de noviembre de 2017